Dos vidas

Haypecas-y-pap dos vidas en cada uno de nosotros. Una la emocional, la que vivimos acelerados, por fervor o por imposición, pero acelerados. Tiene que ver con nuestro trabajo, con nuestras obligaciones, las que nos imponen o las que nos imponemos. Tiene que ver con el subsistir, con hacer las cosas, con el abastecimiento, con el mejorar. Y la otra es la pausada, la reflexiva, la a veces melancólica, la de los recuerdos, la de las añoranzas, la de las ilusiones, la de las emociones. Hay veces que la vida parece que se para y te da tiempo para pensar. Y esos ratos merece la pena recortarlos y meterlos en un tarro de cristal, ponerles la fecha, y releerlos más adelante. En esos ratos puedes recapacitar sobre tu caminar. Sobre los que vas dejando de lado y lo que vas manteniendo en las alforjas. Sobre lo que te enseñaron y lo que enseñas. Sobre lo que quieres de verdad y lo que tienes. Sobre tus mentiras. Sobre tus traiciones.

Esta sociedad inhumana ha convertido nuestro corazón en un ser, generalmente extraño, que vive dentro de nosotros y que solo se manifiesta en los ratos en los que abrimos la puerta a nuestra segunda vida, a la de verdad. Mientras tanto es una máquina de empuje y fuerza. Una de sus funciones. Pero la buena, aquella para la que vive, no la vemos hasta que nos duele. Tenemos que sentarnos delante de nosotros mismos, desprovistos de todo interés, una tarde de otoño es un buen momento, una canción que nos guste acompaña bien, y dejarle protestar. Que suelte todo lo que va a cumulando. Que nos tire a la cara lo mezquinos que somos, unas veces en aras del bienestar, otras llevados por las costumbres sociales, otras sin ningún sentido. Que nos retuerza de pena al recordar las faltas, las ausencias, los desprecios. Que sea nuestra conciencia, que lo es, y que grite con dolor hasta hacernos recapacitar. Recapacitar y darnos cuenta que vale más una emoción que un billete, que una sonrisa tiene más fuerza que un puñetazo, que una llamada es más importante que mil intenciones. Que queremos, que sentimos, que reímos, que lloramos, y que somos. Por encima de todo somos.

Una tarde de otoño me hace pensar que hace muchas tardes que no pienso, que corro, que vivo en la primera vida, y que aunque procurando parar en algunas islas, mi barco va muy deprisa. Dejo muchas cosas atrás. Y no me gusta.

Mi amiga Pecas, una gata, viene a ponerse entre mi portátil y yo, y me da con su cabeza en mi bigote. Insiste, por que yo estoy trabajando y no quiero que me distraiga. y ella me dice: “venga tonto que esto relaja” Y empiezo a hacerle fiestas mientras ella comienza con un ronroneo que me evade.  Creo que ella está en la onda de mi corazón, y me saca de una vida feroz para llevarme a la otra. Donde una caricia, con ruido, apaga el volcán.

¡Suerte hijo!

Y volvía a nevar. Aquel árbol estaba cansado. Era grande, fuerte, pero los años no habían pasado en balde. Soportarse a sí mismo no había sido tarea fácil. Sus fuertes raíces, las que le habían dado todo lo que había necesitado en su vida, empezaban a mermar. La edad. Formaba parte de un bosque nuevo, de árboles bonitos, que habían destacado sobre los anteriores. Más altos. más fuertes, el tiempo diría si más sabios, habían sido el orgullo de los bosques viejos.

Les había preocupado más crecer que fortalecerse, miraban más el paisaje que su interior. Dominaban el aire. Los árboles de los bosques viejos eran más pequeños, pero más frondosos, tenían más ramas. Raro era el árbol nuevo que tuviera más de dos o tres ramas. Éste tenía dos, y una enorme cicatriz donde un día había empezado a crecer la tercera. Que cayó. Ahora veía con tristeza como se resquebrajaba una de las dos que le quedaban. Y se sentía triste. Triste y viejo hasta no poder apartar sus pensamientos de lo inevitable. Era su primera rama. Esa que le hizo ver que no solo era un tallo altivo, sino que era capaz de crear algo con sentido, algo de lo que sentirse orgulloso, lo más suyo que pudiera imaginar, y que ahora parecía decirle adiós.

Recordaba con cariño con cuánto amor había contemplado su brote, con cuánto mimo se había ocupado de que no le faltara de nada, y de que creciera sana, sin estorbos, lozana y fresca hasta que la vida le fuera endureciendo, y la forjase.

Ahora todos esos recuerdos reblandecían su fuerte corazón, y no encontraba futuro distinto de la esperada decadencia, la descomposición, el final. “Viaje terminado” pensaba, “sólo me queda una, allí, arriba, y ésta siempre ha sido una rama muy suelta, cualquier día, con cualquier viento, también se va”.

Sabía que los frutos de sus ramas crearían otro bosque más nuevo aún, pero ya no sería el suyo. Sabía que en el nuevo también criarían los pájaros en sus ramas, pero no habría tantas como en su bosque, ni como en el bosque viejo. En aquel si que los pájaros anunciaban las estaciones, y los días. En el suyo no siempre. No estaba seguro de que en el que formaran sus ramas hubiera pájaros.

Estaba en su otoño vital, en un invierno, y nevaba. Pronto las flores del suelo anunciarían la primavera, y también los brotes de las nuevas hojas de la rama alta. Pero para entonces ya tendría otra herida todavía sin cicatrizar. Un proceso que no podía parar y que le producía una tristeza profunda, que no conocía y a la que pensaba no se iba a acostumbrar. Recordaba los troncos arrugados de los árboles viejos, con las raíces sobresaliendo de la tierra. Y sus sombras tristes y frías.

Era la vida que continuaba con su marcha lenta e implacable.

 

Mamá

Mientras escribo esto cumples ochenta y cinco años, mamá. Y no sé cómo seguir. No se cómo sostener las lágrimas que se me asoman pensando en ti. No quiero decirte noñerías cariñosas ni tópicos fáciles. Sabes que muchas veces he sido crítico contigo y que lo seguiré siendo, quiera Dios que por muchos años. Pero solo me puedo arrepentir de las formas. Quizás prepotentes, quizás arrogantes. El tiempo, ese certero consejero, me ha hecho ver que en todo has tenido razón. Las cosas no son como las vemos. Tienen muchos lados y desde la azotea de la edad se ven diferentes.

Todo lo que soy te lo debo a ti, y al imborrable papá. Tú me enseñaste que la convivencia es algo difícil, pero que es el camino. Tú me enseñaste que la humildad es la virtud, y lo de la paja en el ojo de no sé quién. Tú me diste todo el cariño que reprimo y que a veces me explota. Tú me enseñaste que esta vida es un valle de lágrimas y lucho por no aceptarlo, aunque cada día lloro más.

Tú me enseñaste que dos no riñen si uno no quiere, y el auténtico valor de la familia, el respeto mutuo y el cariño. Me enseñaste lo importante que es perdonar.

Tú me enseñaste la medida de las cosas y la crítica propia; y el valor del ejemplo y del esfuerzo, aunque cuando joven no te hiciera caso. Todo mamá, todo me lo enseñaste tú.

Y hoy te quiero felicitar aunque no estaré contigo, con el corazón partido, por tu vida, por tu familia, por tu ejemplo.

¡Felicidades mamá! Te quiero mucho.

Sin título

No me importa con qué sueñas,

Si te acercas y me abrazas,

con tus caricias pequeñas

y nuestras piernas se enlazan.

 

No me importa a dónde vas

Si regresas con un beso

Y en tus ojos veo el mar

Y la luz del universo.

 

No me importa tu callar

Tus palabras van por dentro.

Como el sol al despertar

Tú me miras y yo siento.

 

No me importa dónde estás

Y que viva con un hueco.

Como el viento, vienes, vas.

Tú eres nave, yo soy puerto.

Las visitas de Cruz Bien

Era una persona normal, ni alta ni baja, ni gorda ni flaca, ni morena ni rubia. Con unos ojos entre azules, verdes y grises, con ligeras tonalidades marrones. En su cara nada destacaba, no sonreía, pero lo parecía. Vestía con unos pantalones grises de fina loneta, una camisa azul cielo de algodón y una chaqueta azul marino. Siempre, sobre su hombro izquierdo, colgaba un bolso de mano negro. Y, sin estar morena, no era pálida. Una persona normal, que, decidida, subió los seis escalones de piedra de la casa y llamó al timbre.

— ¿Qué tal? Soy Cruz Bien y tengo una cita con usted.

— Perdón, ¿cómo ha dicho?

— Cruz Bien, con “B” de bien.

— No, no, me refiero a lo siguiente.

— Que tengo una cita con usted.

— ¿Conmigo?, no, no sé, me extraña. Es la primera vez que le veo.

— Lo sé, pero usted dijo que le gustaría comprender porqué su vecina tiene ese comportamiento.

— ¿Mi vecina?, ¿cuál? ¿la estirada esa que parece que desayuna una escoba?

— Seguro, si usted lo dice.

— Es que me saca de quicio. Antes de que viniera vivía tan tranquila, y desde que llegó, ésto es un sin vivir.

— ¿Le molesta?

— ¿Molestarme? ¡Si ni siquiera me habla! No he visto una cosa más seca en mi vida.

— Y, ¿usted le ha hablado?

— ¿Yo?, ¿a esa tía?, si no quiere hablar conmigo que no hable, a mí me importa un bledo.

— Pero, entonces ¿porqué le molesta?

— Es que… parece mentira ¿Usted cree que nos cruzamos todos los días, cuando viene al mediodía, y ni me mira?. Y ya hace dos años que vive al lado y no hemos cruzado una palabra. Se baja de su cochazo y sube las escaleras como si todo el mundo le estuviéramos mirando. ¿Qué se habrá creído? ¡Como si a mí me importaran mucho los coches!

— ¿Entonces?

— ¿Entonces, dice?, mire, yo llevo aquí, viendo sola, cuidando de mi madre, veinte años, Y hace tres que murió, que en gloria esté. En todo ese tiempo he tenido tres familias de vecinos, y con todos ellos me he llevado estupéndamente; bueno, con Luis, el marido de Feli, tuve mis más y mis menos; no había forma humana de que lavara el coche sin salpicar mis rosales, y ya sabe usted que los rosales son muy delicados. ¿Y ahora viene ésta a perdonarme la vida?, ya, hasta aquí podíamos llegar.

—Y, ¿usted se ha puesto en su lugar?

— ¿Qué quiere decir?

— Que si ha pensado qué estará pensando su vecina sobre usted.

— ¿De mí?, que piense lo que quiera, bastante me importa.

— Pero, si quiere tener buena relación con ella deberá intentar acercarse a ella, conocerla; de hecho por eso estoy aquí, por sus deseos de comprenderla.

— Bueno, ¿qué ha dicho que yo quería?, perdone, soy una maleducada, pase, pase, le ofreceré una taza de té, ¿le parece bien, ….?

— Bien, Cruz Bien, bien, gracias.

— ¡Mejor siéntese ahí!, en el porche, ahora las tardes son cálidas y se está muy bien, si no se levanta viento.

— ¡Gracias!

— Pues como le decía, mi madre murió…

 

 

 

 

Colores

El sol y el viento en la cara, el monte encendido, los prados de un verde intenso, y una preciosa canción.

Esta mañana paseaba en moto por el valle, despacio, como a mi me gusta, sintiendo el sol y el aire fresco limpiar la semana pasada. Llenando el otoño mi mente de resortes para otro ciclo, disfrutando de un trocito de libertad montado en un ronroneo, como en un gato gordo.

Y me fijé en los colores. Decimos que la primavera es la estación colorida por excelencia, pero los colores del otoño son incontestables. Los colores del otoño se han curtido durante todo el verano, y  se han ganado a fuego su brillantez. Colores por todas partes. Suerte de un cielo azul salpicado de nubes blancas, de verde intenso los prados sobre la mojada y negra tierra. Y árboles; robles, hayas, castaños, enormes y pequeños notarios de las estaciones que gritan su despedida hasta pasado el invierno, ahora muestran todo lo que han acumulado durante el estío. Verde, amarillo, rojo, azul, blanco … , colores. Saltó Donovan en mi cabeza con su canción “Colours”. Y no me la pude, ni quise, quitar.

Volviendo a casa, gritando contra el viento la canción, emocionado, mientras me miraban los terneros y potros que pastaban tranquilos, al sol, me han entrado ganas de agradecer lo que estaba viviendo. Agradecer por todo, hasta por los problemas. Agradecer por sentir, por apreciar, por disfrutar. Agradecer por las fuerzas que iba cogiendo, por la importancia del sentimiento, por encontrar la ilusión en la naturaleza, que siempre está.

Efímero el momento, seguro, pero el recuerdo queda y siempre es bueno tener un buen puerto donde recalar.

Realidad

Hoy quiero escribir, me apetece. Siento la necesidad de sacar algo que se está acumulando y que se parece a un sumidero de agua sucia. Sí, una vez más una espiral, pero en este caso de mierda.

Pero no estoy seguro de contar con toda la información. Sé que las cosas no son como las vemos, porque las vemos como nos las quieren contar, y hay muchos contadores de la realidad.

Acabo de escribir dos líneas y ya parece que voy a hablar de política. No es mi intención, pero el caso es que todo tiene que ver. De mis sensaciones son responsables muchos factores y la política, inevitablemente, o lo que recibimos relacionado con ella, uno de ellos. Y no me gusta. No me gusta ver que nuestros dirigentes se pueden clasificar por el volumen de sus corruptelas. No me gusta sentirlos, que no verlos, esforzándose en acuerdos en la sombra para solucionar asuntos judiciales con un único denominador común, el dinero público, el nuestro, el que hemos pagado. No me gusta que ocupen las primeras páginas de toda la prensa escrita, vista y oída. No debería ser lo más importante. Antiguamente existía una publicación especializada en casos delictivos, generalmente sangrientos, que se llamaba ” El Caso”, y durante cuarenta y cinco años, hasta 1997. “el diario de las porteras” como se le llamaba, relató sucesos trágicos y delictivos de la sociedad española. Ahora tendría material para otros cuarenta y cinco. Y eso es lo que quiero, Que me dejen en paz. Que saquen de los medios de comunicación los delitos y los marginen en una publicación especializada.

Quiero recibir información fresca, formativa, animada y animadora. Quiero que pueda acceder, sin rebuscar, a información de hechos que me hagan sentir bien. Que no tenga que bucear en las páginas, impresas o digitales, para encontrar algo que me ayude a encarar el día o la semana. Que hable de los valores fundamentales, de cosas buenas, que de ejemplos de vida normal y de causas justas. Algo que nos enseñe el camino, no las zarzas. En esta sociedad desnortada llamamos dirigentes a quienes no nos dirigen, informadores a quienes no nos informan, educadores a quienes no nos educan, y a las cosas de verdad las llamamos cultura alternativa.

No me extraña que quienes se incorporan poco a poco, por edad, a este mundo, sientan rechazo. Y les llamamos antisociales o contraculturales. Pero ¿qué es lo que perciben?. No me extraña que se escondan en su música, en sus bajeras, que no quieran crecer, que busquen un lugar distinto, donde vivir no sea ésto que hemos hecho nuestra realidad.

Realidad que nos lleva a que cuando pensamos en el futuro, inevitablemente nos centramos en los problemas que nos pueden acuciar en él. Pocas veces pensamos que en el futuro podremos abrazar a nuestros nietos, pasear con nuestra pareja junto a un río o bajo un bosque o en la playa, escuchar una canción que nos emocione o releer nuestro libro favorito sin interrupciones. Que tendremos tiempo para charlar con nuestros amigos sin prisas, sin horarios, tranquilos. Que podremos recordar, que también podremos imaginar, que nos podremos reír, que podremos llorar, que despediremos a seres queridos y daremos la bienvenida a otros. Que la vida seguirá y seguiremos teniendo sueños.

Esta mañana, solo en casa, he escuchado una nueva canción, un blues, de un grupo español. El blues siempre me ha gustado y he encontrado en él una cadencia especial que me ha hecho ir de abajo a arriba llevándome a lo más alto. No me puedo resistir. El caso es que metían una armónica preciosa que me ha recordado que tenía una de las mías cerca. He probado si estaba afinada en la tonalidad de la canción y ha sido que sí. He empezado a acompañar la canción con mi armónica mientras los pelos se me ponían como escarpias y he vivido uno de los momentos más felices de los últimos meses. Simple ¿verdad? pues de eso tenemos que llenar la vida.

Labaki

Ayer estuve en Labaki. Lo conocí cuando una primavera mi vecino, Juan Cruz, me pidió que le ayudáramos a llevar las vacas. Algunos vecinos, generalmente los de mayor edad, jubilados ya, mantienen en casa algunas vacas durante todo el invierno, mientras crían, y en primavera las llevan a sus fantásticos prados verdes. Éste era el caso. Mis vecinos eran una pareja mayor, sin hijos, que mantenían las costumbres del lugar de autoabastecerse de todo lo que su salud de septuagenarios les permitía.

Vivían en Sibilenea, el nombre de su casa, y tenían ocho o diez cabezas de vacuno de las que obtenían dos o tres terneros cada invierno. Además criaban a las cerdas mas limpias que se han conocido en la región. En su cuadra, compartida por las vacas y los cerdos, no olía mal. Con hojas de roble como cama, olía a paja fresca, a madera, a helechos y ramas tiernas de fresno. Las cerdas estaban acostumbradas a salir de casa dos veces al día para sus necesidades, y obedientemente seguían a su dueño hasta un yerbín frente a su casa. Allí Juan Cruz recogía con una pala pequeña y un cubo lo que dejaban y tras un rato de mordisquear la hierba fresca y hablar entre ellas, volvían a la cuadra.

Cuando la primavera se asentaba había que sacar el ganado mayor de casa y llevarlo a la borda. Esto no era tarea fácil, pues la vacas, encerradas un largo invierno en una cuadra, en cuanto veían el sol saltaban y pegaban coces a los cuatro costados. Por eso nos avisaba, para que le ayudáramos a controlar el ganado.

Abría las puertas de la cuadra de par en par e iba soltando las vacas de sus pesebres. Para entonces ya estábamos dispuestos, alrededor de la entrada de su casa, en semicírculo, su mujer, la mía, mis hijos, de cinco y diez años, y yo. Todos armados de buenos palos y con precisas instrucciones de pegar bien fuerte en el suelo y chillar si se acercaba una vaca. Lo cierto es que daban miedo. Salían como ciegas y locas pegando botes hacia cualquier lado. Poco a poco se iban calmando y entonces, ayudados por sus perros Ron y Txuri, las dirigíamos por una senda hacia su borda. Ese camino era, y es, precioso. No más ancho de un metro y flanqueado de brezos, enebros y ametsas,  el camino discurría sorprendiéndonos  con fantásticos acebos a los dos lados. Majestuosos, orgullosos, salpicados de rojo brillante, hacían del recorrido una postal inolvidable.

Ron tenían malas pulgas. Era un perro grande, castaño oscuro, de mucho pelo largo, que vivía en una caseta en la esquina de la fachada de la casa. No te hacía nada si no le hacías nada. Pero no intentaras jugar con su comida o con su sitio que enseguida te dejaba claro que no le gustaba. Nada de caricias. Txuri, sin embargo, era un pastor vasco blanco que había que quitárselo de encima de lo mimoso y juguetón que era. Ron se colocaba, sin decirle nada nadie, detrás de la última vaca, delante mía. Iba todo el camino oscilando entre la derecha y la izquierda, mirando si alguna vaca se salía del camino. Vigilaba si alguna hacía mención de entrar en el bosque, de arrimarse a morder alguna rama de algún arbusto, de pararse. Si alguna lo hacía, con un gruñido, con un amago de ladrido, la ponía en su sitio. Mientras tanto Txuri correteaba, divertido, de la primera vaca hasta la última, para disfrute de mis hijos.

En el camino, pasábamos por delante de Labaki. Es una prado rectangular con la entrada en la esquina inferior derecha. Un portillo de estacas de castaño viejo bien armado impide que el ganado salga de él. Uno de sus lados está cerrado por un muro de piedras planas, el otro lado largo es un ribazo en cuesta de grandes robles. Un pasto verde y fresco cubre el terreno que sube despacio hacia una loma desde la que es imposible no mirar en paz. Desde allí envidias al ganado que pasta tranquilo.

Ayer estuve allí. Recordé los paseos con las vacas de mi vecino y las caras de satisfacción y regocijo de mis hijos. Vi pasar mis últimos quince o veinte años por encima de su hierba, y me sentí bien. Lejos de todo el tumulto en el que vivimos, libre de toda atadura social, ajeno a cualquier juicio, Labaki, sus vacas, sus potros, que me seguían por si les daba algo, seguía siendo un remanso de una vida preciosa que no nos atrevemos a valorar, por si nos descontectamos.

Nosotros

Me he sentado esta noche en el balcón, para ver la formidable tormenta eléctrica que se cernía sobre Pamplona. Es un espectáculo impresionante. Sobre todo si lo ves con el contraste que ofrece la luna, en el otro lado, al oeste, brillando en cuarto creciente, casi llena. En fin, que tenía el cielo dividido, la mitad con un montón de nubes que se iluminaban intermitentemente, y la otra mitad, casi sin nubes, con una luna maravillosa.
Y esto me ha llevado a pensar en nosotros, en nuestra pequeñez.

Nos asombran las cosas grandes, pero no sé si es por bonitas o por grandes. Nos sorprendemos con las cosas pequeñas, pero no sé si es por bonitas o por pequeñas. Todo lo que se sale de nuestra normalidad nos resulta admirable. Pero existe incluso antes que nosotros. Nos sorprendemos por causa de nuestra ignorancia, de nuestra falta de relatividad, por nuestra autosatisfacción y conformismo. Creemos que lo controlamos todo, y solo controlamos nuestros esfínteres, y no siempre.

No somos capaces de darnos cuenta de que somos una trillonésima, o menos, parte, de algo enorme que no controlamos. De que estamos de paso y que somos efímeros. Una mosca, en nuestra vida, vive mucho comparado con nuestra existencia en el universo.

Y ésto estrecha el paréntesis, el nacimiento y la muerte. Poco tiempo, del nuestro, y generalmente desperdiciado. Nos volvemos locos llenando nuestra vida de satisfacciones efímeras, de logros materiales que no trascienden al minuto de conseguirlos. Y así nos va. Si el supermercado en el que hemos convertido nuestra sociedad no proporciona las ofertas deseadas nos venimos abajo, el sistema no funciona.

Admiramos los éxitos sociales, y elegimos a las personas que creemos que nos los pueden proporcionar. Y aquí me puedo meter en el gran tema, la educación. Ni lo voy a intentar. Es la madre del cordero. O cambiamos los paradigmas educativos, o no tenemos futuro como personas. Tendremos futuro como organismos vivos, dirigidos, manipulados, anulados en nuestra voluntad, pero cómodamente mantenidos. Pero no vivos completamente, solo en nuestra aspecto físico, y mínimamente en el intelectual. Pero hay otros.

Si mi vida solo está llena de razón, está vacía. Igual que si solo está llena de intuición, o de sentimientos. El equilibrio entre las tres componentes es la clave de una existencia plena. Y nos lo están poniendo muy difícil. La estructura social que hemos creado nos exige dedicar la mayor parte de nuestro tiempo a los aspectos materiales de nuestra vida. Y la satisfacción de las necesidades más intrínsecas del ser humano no se encuentran ahí.

No sé como pasar de ésto. Y me gustaría, pero me siento atrapado. Procuro compensar la obligación con las devociones mas personales y gratificantes, pero me preocupo.

Esperaré ver pasar otra tormenta para acercarme a la verdad.

Recuerdos

Ayer me acordé de mi abuelo. Estaba yo sentado en una piedra intentando afilar la guadaña. Era la primera vez que lo hacía, porque aunque hace varios años que la tengo no había sentido la necesidad. No sabía como cogerla. Si la apoyaba en mis rodillas no podía deslizar la piedra con soltura por ninguno de los lados. Si apoyaba la hoja en el suelo tampoco, y además mi mano tapaba el recorrido de la piedra con lo que podía cortarme. Entonces me vino a la cabeza el recuerdo de mi abuelo Esteban, sentado en la piedra de la fachada de su casa, afilando la guadaña, y diciéndome que no me acercara mucho, que eso era peligroso. Pero ¿cómo la sujetaba? no lo recordaba. Veía como sacaba la piedra de una funda metálica redondeada en la que cabía la piedra entera y que tenía agua en su interior. Yo entonces no sabía porqué tenía que tener agua. Le veía sonreirme al tiempo que con sus ojos me mantenía apartado de su labor, cuidando que no me acercara demasiado. Su brazo se movía por la larga hoja de hierro chirriando. Y la sujetaba……., no me acuerdo. Entonces empecé a darle vueltas buscando que me pareciera que así era como la cogía mi abuelo. Ya había visto que con la hoja para abajo no, tampoco con el mango apoyado en las rodillas. Quizás si que fuera en las rodillas pero en el otro sentido, de derecha a izquierda. No, tampoco, casi peor. En uno de los cambios pasé la hoja por delante de mis ojos apoyando el mango entre mis pies. Así la guadaña se mostraba completa delante mía y sujetándola con la mano izquierda en el nacimiento de la hoja, en su parte mas ancha, ésta se ofrecía para el afilado. Así era. Entonces ví a aquel hombre sencillo, de pocas palabras, de sonrisa pequeña, pero permanente, sentado en el banco de piedra, mirarme como si me dijera: – Así se hace Carlos, ahora despacio y de la base a la punta, y mójala de vez en cuando, para que muerda el hierro. Recuerdo que era verano, el atardecer, todavía hacía calor pero se estaba bien. El sol bajo iluminaba la fachada de la casa y la cara de mi abuelo. Cuando acabó de afilarla la colgó en una viga de madera de la cuadra y subimos a cenar. Lo echo en falta, como echo en falta a mi padre. Son esas personas de las que aprendes sin preguntar. Da igual lo que sea, aprendes de su vida, de sus miradas, de sus pasos, de sus reposos, de sus ausencias. Así, feliz en le recuerdo de mi abuelo, estuve el gran rato dándole con la piedra a mi guadaña, o talla, o dalla, que también le llaman. Y cuando la afilé y la dejé bien limpia, la colgué en la caseta de los aperos y entré en casa a almorzar. Bien contento pensaba “como el abuelo, acabada la faena, afilada, limpia y guardada la herramienta, ahora a comer algo” Me sentí muy bien.