Serafín y la Seguridad Social

El chaval protestaba. Era buen comedor, y siempre había cogido esta primera toma de la mañana con muchas ganas. También tenía un buen dormir por eso les permitía un buen descanso nocturno. Aquella mañana nada era igual. El ambiente pesado anunciaba tormenta, y eso que había estado lloviendo toda la noche.

Serafín no podía desayunar, no le entraba. Miraba como su hijo menor se lanzaba al pezón, lo cogía con ganas pero enseguida lo soltaba protestando, quejándose de algo que sus padres no alcanzaban a entender. Igual que él con su café. Esta mañana no le entraba.

Con una paciencia que ni las propias madres saben de donde la sacan con sus hijos, su mujer tranquilizaba al niño para que siguiera con la toma. Serafín se despidió de ella con un tierno beso  en la mejilla mientras acariciaba la carita del bebé.

—¡Suerte cariño!—dijo ella sonriendo —, verás como todo sale bien.

—Más nos vale. Espero que así sea, sólo necesitamos un poco de ayuda—, contestó mientras salía de la habitación.

—Venga, ánimo, que no se comen a nadie—, le oyó decir al salir de casa.

Llevaban seis años casados y en ellos, además de las alegrías de sus dos hijos, habían visto caer las ventas de su pequeña cafetería de barrio hasta niveles que él nunca había conocido.

Añadía ahora a la situación el contrato de media jornada que había tenido que hacer para sustituir a su mujer en la cocina de la cafetería. Suponía mucho más gasto al mes del que tenía cuando estaba ella.

Nunca había impagado nada; siempre había cumplido con sus acreedores, con su hipoteca, con sus trabajadores. Ésta era la primera vez, en sus diez años de negocio, que se enfrentaba a una situación así. En los últimos diez meses había devuelto algunos recibos de la seguridad social. No había podido reunir, día a día, lo suficiente para pagar los seguros sociales a final de mes.

Seguro que podrían comprenderle, que en unas semanas más su mujer volvería al trabajo y la cafetería viviría de nuevo la normalidad reducida de los últimos tiempos.

Las reclamaciones de pago, los recargos, las providencias de apremio le habían asustado y había concertado una cita con el Jefe de la Unidad de Recaudación Ejecutiva de la Seguridad Social de su zona.

Le reclamaban ocho mil y pico euros, y pensaba que podría pedir un aplazamiento a dos años y que en veinticuatro meses, con un poco de esfuerzo y la vuelta de ella, lo podía solucionar.

Conduciendo su pequeño utilitario, de segunda mano, repasaba los motivos por los que él creía que se había llegado a esta situación. Tenía fe en las personas, como le habían enseñado sus padres, y confiaba en que explicando las causas, sus causas, y cómo veía el futuro de su negocio, no tendría ningún tipo de problemas.

Cruzó las frías y pesadas puertas de las dependencias de la URE y se dirigió a la primera persona que, tras una mesa vacía, le miró al entrar.

—Buenos días, tengo una cita con el recaudador.

—¿Con el jefe de la URE?

—Sí, perdón.

—Al final del pasillo encontrará una persona que le indicará donde es.

—Gracias.

Su pulso se aceleró. “No es el recaudador, Serafín, no es el recaudador” se dijo molesto por la impresión que pudiera causar con su torpeza. Empezó a sentirse un poco nervioso.

Dobló la esquina al final del pasillo y vio cómo éste se abría formando una gran sala, en la que cinco o seis mesas formaban un paso entre ellas hasta un despacho, de mamparas de color madera, en el que en la puerta, cerrada, podía leerse: “ JEFE DE UNIDAD”

Se presentó a la funcionaria de la primera mesa que se le cruzó en el camino. Al preguntar por su cita ésta le indicó que estaba reunido, que tenía otra visita y que tenía que esperar.

Volvió hasta la mitad del pasillo y se sentó en una de las dos butacas tan verdes como frías que encontró en el centro mismo del larguísimo pasillo.

Suspiró y miró a su alrededor. A un metro escaso delante suya tres metros de altura de gotelé crema. Tristes fluorescentes en el techo pintaban la atmósfera de hospital antiguo. A dos metros de las butacas, por la izquierda, el de señoras; y a otros dos por la derecha, el de caballeros. Volvió a suspirar, otra vez sin saber por qué.

Pasados más de diez minutos se levantó de su asiento, no sin esfuerzo, y se dirigió nuevamente la primera mesa de la sala.

—Todavía no ha terminado. Cuando acabe podrá pasar.

Evidentemente, pensó Serafín chasqueando la lengua contra sus dientes. Había quedado con él a las nueve de la mañana, pensando que le daría tiempo para volver a los almuerzos de las diez y media. Para ello había pedido a su camarero que fuera antes para cubrirle, pero si este retraso iba a más y se le echaban encima los de las oficinas lo iba a pasar muy mal él solo en la cafetería atendiendo la barra y la cocina.

Salió a la calle. Intentó pasear por la acera del vetusto edificio. Ahora sus razonamientos, la exposición que había ido preparando para justificarse, se le presentaban desordenados, incoherentes y sin hilo conductor.

Deseaba acabar cuanto antes con este trámite, olvidarlo y volver a sus obligaciones diarias.

Sin mirar el reloj, y sin pensar en cuánto tiempo había transcurrido volvió a entrar. Se dirigió con paso firme hacia la sala y cuando abría la boca para preguntar a la funcionaria cuánto tiempo más tendría que esperar, se abrió la puerta del despacho y, rojo de ira, salió un hombre mayor, cercano a la jubilación pensó, que sin mirar atrás cerró la puerta de un sonoro portazo.

Mientras miraba al hombre avanzar cabizbajo por la sala oyó la voz de la funcionaria que le decía: —Puede pasar.

Miró a la funcionaria, miró al hombre que acababa de salir, y que cruzaba por su lado sin levantar la mirada del suelo y miró la puerta del despacho. Cerrada, con el letrero en el centro, respiró y fue hacia ella.

— ¿Se puede?— dijo mientras entreabría la puerta con suavidad.

— Pase— sonó una voz con tono aburrido desde dentro.

— Buenos días. Soy Serafín Martínez. Habíamos quedado a las nueve por lo de las cuotas pendientes…..

— ¡Siéntese!— Le interrumpió la voz esta vez autoritaria.

Serafín se sentó y comenzó a hablar al mismo tiempo. Estaba convencido que en cuanto oyera sus explicaciones todo se arreglaría con naturalidad y saldría de allí aliviado y regularizado.

Sin pensar en lo que decía estaba relatando cómo las bajadas de ventas le habían hecho incumplir los primeros recibos y cómo los últimos se habían debido a la baja de su mujer por el embarazo de riesgo que habían ………

— ¡Pero bueno!, usted quiere pagar ¿no?— le interrumpió de  nuevo sin mirarle.

— ¡Sí, claro! Por supuesto, para eso estoy aquí, el caso es que si usted…..

—Pues pague— volvió a interrumpirle sin dejar de mirar la pantalla de su ordenador.

— ¿Cómo?— dijo un sorprendido Serafín que empezaba a caer en cuenta de la realidad que estaba viviendo.

—Que pague— repitió mientras se giraba hacia él y comenzaba a mirarle de abajo hacia arriba.—Ya le hemos comunicado en varias ocasiones cuál es el montante de su deuda. Sabe cuánto debe. Pague.

—El caso es que estoy aquí porque no tengo el dinero de la deuda—Serafín empezaba a no saber de dónde salían sus palabras—Creí que usted podría facilitarme…..

—Mire usted, nosotros tenemos la obligación de cobrarle, de hacer que usted pague su deuda y para ello hemos de aplicar el procedimiento de recaudación establecido hasta las últimas consecuencias.

— ¿Últimas consecuencias?— la voz de Serafín era ahora entrecortada—¿Qué quiere decir con eso?

— Que usted tiene una deuda con la Seguridad Social y ésta le va a cobrar.

— Pero ya le digo que ahora no tengo el dinero suficiente, que si me da un poco de tiempo….

— ¿Debe usted a sus proveedores?

— No

— ¿Debe usted a sus empleados?

— No

— ¿Lleva al día su hipoteca?

— No, sí, perdón, digo sí, la llevo al día— Serafín estaba asustado y no sabía lo que decía.

— Claro, a ellos no les debe porque pueden perjudicarle cortando los suministros, el trabajo o quitándole su piso. Pero a la Seguridad Social sí. ¡Qué bonito! Y usted se creerá un empresario modelo, ¿no?

— Oiga, que es la primera vez que me pasa esto. Que yo quiero pagar, que solo le estoy pidiendo…..

— Ya, ya, ya—volvió a interrumpirle—sí que lo cree, y cree que la Administración debe aguantar lo que no aguantarían otros. Usted tiene un negocio y si ese negocio no puede cumplir con sus obligaciones debe cerrarlo, o se lo cerraremos nosotros. Ustedes siempre están con lo mismo, que si cumplen con todo, que si van a ir mejor, que es un problema puntual de liquidez. Pero la Tesorería no va a esperar, se va a proceder reglamentariamente contra usted; si no paga.

— Y ¿tendría que pagar todo de golpe? Si le doy una cantidad a cuenta ¿no podría darme algún tiempo para el resto?—dijo un sudoroso Serafín pensando en los ahorros que tenía su mujer en una libreta, a nombre del nuevo hijo, para ponerle una habitación.

— El cincuenta por ciento.

— ¿El cincuenta por ciento?, no sé si voy a poder……

— Usted verá—Ya le he dicho como procedemos. Usted es un deudor y debe pagar.

Serafín se había ido encogiendo en su silla y no le salían las palabras. Todas las que oía caían sobre él como martillazos.

— Y…¿cuánto tiempo tengo?

— Hoy es martes. Le espero aquí el jueves a la misma hora.

Se levantó como pudo. Mirando hacia el suelo intentó despedirse, pero solo pudo decir un adiós con media voz, que sonó, sin ser su intención, definitivo.

Cruzó la puerta del despacho sin acordarse de ella y atravesó el largo pasillo sin levantar la mirada del suelo.

Dos personas ocupaban las tristes butacas verdes y cruzaron su mirada con la suya asustadas.

Esta vez la puerta pesaba más que al entrar. Salió a la calle. Llovía. Tenía el coche a dos calles de allí. Llegó empapado. Subió, se pasó la manga de la cazadora por la cara para quitarse el agua de los ojos y encendió el contacto.

En ese momento sonó el aviso de un mensaje de WhatsApp. En un acto reflejo lo miró y vio que era de su mujer.

— ¿Qué tal cariño, todo bien? ¿Te acuerdas que a las doce vienen a medir la habitación? A ver si te puedes escapar. Un beso.

Carta a una amiga

No me cuides tanto, por favor, amiga democracia.

Déjame decidir de qué manera quiero vivir. No me obligues a hacerlo de una manera que tú crees que es la correcta. Yo te prometo que no molestaré a nadie con mi forma de vida. Te prometo que pagaré mis impuestos para que sobrevivas y te paseen, de boca en boca y sacando pecho, todos esos falsos servidores públicos de los que te has rodeado. Esos amigos tuyos que, a tus expensas (las de todos nosotros), se hicieron con los derechos de tu existencia y viven de ellos (de todos nosotros). Tú no tienes derechos de autor. No nos deberías costar tanto, parece que estás enferma, y esos amigos tuyos, en vez de cuidar de tí, cuidan de ellos mismos; eso sí, siempre en tu nombre.

Deberías ser como el cielo, que siempre está ahí, con más o menos nubes, pero ahí. Tendrías que parecerte al aire, que nos da vida, pero del que no hablamos contínuamente. En realidad creo que eres como el sentido común, que se tiene o no se tiene. Ya nos vamos dando cuenta quién te tiene y quién no, vamos notando quién te utiliza.

Quiero vivir sin imposiciones, quiero vivir en paz y en armonía con mis vecinos. No quiero que tú seas la causa de discusiones y malos rollos entre amigos, o entre familiares. No quiero que tú seas el principal tema de conversación y que no haya informativo en el que, en aras tuyas, me mareen con declaraciones insulsas, repetitivas, y carentes de todo interés mas allá del simple titular. No quiero que mi vida esté llena de amenazas. Te estás convirtiendo en un sargento mandón de cuya boca solo salen prohibiciones y castigos.

No quiero vivir pendiente de lo que puedo y no puedo hacer. No se vivir pendiente de si hay una ley para algo o no. Que seguro que la hay. Porque tus representantes no saben hacer otra cosa que hacer leyes, reglamentos (muy tarde) y regímenes sancionadores. Podías haberte hecho amiga de los maestros, en vez de los que tienes. Necesitamos mas educación y menos leyes. Y no te veo muy capaz de atender esta necesidad.

En algunas cosas te pareces a las madres, que cuando tienen frío ponen un abrigo a sus hijos. Igual no eres tú, sino tus representantes, los que cuando ven alguna anomalía, debida a ellos generalmente, nos ponen el jersey a nosotros. La verdad es que no encontramos mucho ejemplo en ellos.

Como en las familias, como en las empresas, no necesito tanta gente para pensar qué debo hacer yo. Con que me enseñes una vez me basta. No quiero que me manden hacer cosas que deberían hacer ellos, tus amigos. No me parece bien que deleguen en mí sus responsabilidades y me hagan responsable de conductas de otros. Me has convertido, o tu gente, en cobrador por tu cuenta, en velador de la intimidad de los demás, también por tu cuenta, y ahora me conviertes en chivato. ¿Que pasa, que no te  fías de mí? ¿No será que no estás segura de haberme educado para vivir contigo?

Antes ya de que te bautizaran los griegos hubo muchos con sentido común, del que seguramente saliste tú. A veces pienso que eres un cruce de sentido común y dignidad. Pero ahora mal entendido. Como decía hubo uno bastante respetable, un tal Pitágoras, que acuñó una frase que no practica ninguno de tus amigos: “Educa al niño y no tendrás que castigar al hombre”. Me haces pensar que somos unos maleducados, porque solo veo castigos por todas partes. Si naciste de la libertad, de la dignidad y del sentido común ¿por qué nos amenazas tanto?

Y no me digas que me has dado unos cuantos años de vida de más. con eso no me vale. Igual reconozco que contigo se ha conseguido elevar las estadísticas y las expectativas de supervivencia. Pero una cosa es estar y otra es vivir. Sin duda que ahora estamos más tiempo aquí, pero… ¿vivimos más? No tenemos tiempo para estar ni con nuestros hijos ni con nuestros padres. Las semanas se pasan en un abrir y cerrar de ojos repletas de obligaciones. Y los meses se suceden hasta dar con el merecido descanso vacacional. ¿Y luego? Vuelta a empezar. La espiral diabólica de la producción y el consumo.

Para vivir contigo nos falta educación. No nos has enseñado a vivir con mayúsculas. A disfrutar cada día del amanecer. A ilusionarnos con las posibilidades que se nos presentan con cada día de ser mejores, de querer a los nuestros, de hacer sonreir a un vecino, de ayudar en algo a alguien. De aprender, de entender, de escuchar, de decidir. No nos has enseñado a crecer y sí a tener. Y esto nos ha esclavizado. Y la esclavitud no es buena para el hombre, pierde su dignidad.

Y ahí solo le quedarán sus sueños; como dijo otro con sentido común, Walt Whitman, “sólo en sus sueños es libre el hombre”

SUEKEA

Era viernes y estábamos, mi mujer y yo, en Bilbao. Y estaba inquieto. Yo tenía, al día siguiente, un examen final de una de las asignaturas de un postgrado que decidí hacer hace ya unos años. Había una amenaza, más que probable, de que pasara una encantadora tarde conduciendo una carro en SUEKEA. Solo de pensarlo me daban escalofríos. Y no veía forma de zafarme de la situación. El tiempo decidiría y opté por el silencio sobre el tema y dejarme llevar.

Del examen, al día siguiente, salí contento; de la comida también, como siempre en Bilbao. Pero la inquietud continuaba cuando fuimos a descansar un rato al hotel. Todo se confirmó tras una breve siesta.

– ¡Cariño!, ¿quieres que vayamos un rato a ver si encontramos algo para la casa del pueblo?.

– Si tú quieres.

– ¡Venga!, cuanto antes vayamos antes volvemos.

Primer encuentro feliz, el aparcamiento. Todo el parking a reventar. Todos los pasillos de colorines y con letritas orientadoras, estaban hasta arriba, y con miles de coches al acecho para ver si alguien salía. Las escenas que se se veían eran lamentables. Paramos al lado de un tipo que se pegaba con mil cajas que no le cabían en el maletero. Él intentaba cerrarlo pero había puesto una muy grande en el fondo, y el cristal del portón le daba al bajar. El creía que la culpa era de las cajas pequeñas que ponía donde se cierra y no hacía mas que cambiarlas de sitio. Agotados de verle cambiar las cajas de sit¡o y de colocación, fuimos a decirle, desde el coche, que la que pegaba era la grande. Pero al llegar detrás de él, tras bajar el cristal de la ventanilla y oír como gruñía (hasta su mujer, aún estando satisfecha del montón de cosas que había comprado, se apartaba), subimos el cristal y nos fuimos a esperar a otro sitio. ¡No tuvimos narices de decirle nada! ¡Bastante tenía el hombre con las cajas!.

En nuestra siguiente espera, el abuelo de la familia se esmeraba en colocar, en el asiento trasero de un utilitario, el cabezal de la cama de Hulk. – ¡Así no, sin empujar, más vale maña que fuerza!-, parecía decir a sus mujeres cuando éstas intentaban ayudarle empujando el cabezal con las caderas. Vuelta a dar otra vuelta, porque aquello era imposible. Los ánimos se calentaban y solo faltaba un gilipoyas como yo en un coche enorme que les tocara la bocina suavemente y les sonriera…..

– ¿Salen ustedes?.

– ¡NO! ¡AQUI NO SALE NADA! ¡SOLO TIENE QUE ENTRAR!

Bueno, bueno, bueno, a otro sitio. Todos estaban ¡gual, las mujeres comentando con sus madres las fenomenales compras que habían hecho y los carros moviéndose solos; porque no se veía a los sufridos maridos empujándolos, tapados hasta un metro por encima de sus cabezas. En ese momento me asaltaban los primeros temblores.

Era sábado por la tarde. Todas las abuelas de Bilbao, con sus nietos, con sus hijas, con sus nueras, estaban allí. Era imposible circular. Claro, yo iba con el carro, ella (mi mujer) se metía entre las estanterías y buscaba, rebuscaba, se mosqueaba – ¡podían señalar bien los productos!, (pensaba y decía). Yo procuraba seguir su pista por encima de las cabezas de abuelas, nietos, hijas y nueras. ¡Albricias!, ¡Churry ha encontrado algo!. Y comenzó el drama.

Yo estaba en el pasillo por donde debían ir los carros y como le veía que había cogido algo, intentaba dar la vuelta con el “carrito” (más grande que la madre que lo parió) y volver a donde se ha había ido ella para que cuando quisiera dejarlo en el carro lo tuviera a mano, porque si no era así: “¡pues no se para que llevas el carro” (no se si lo pensaba pero lo decía). Pero el puñetero pasillo de Suekea es como de una dirección, todos los bobos vamos en el mismo sentido. Y cuando yo daba presto la vuelta para aliviar a mi chavala de la pesada carga de una cortina, de un cojín, o una tontería JEKEN, me iba partiendo la cara con todo dios, que me miraba diciendo: “a donde leches ira este gordo en dirección contraria”. Todo esto sin perder de vista el pelo rubio de churry, que se movía entre las estanterías buscándome, pero como no me veía, porque no llegaba, iba de subpasillo en subpasillo “calentándose” cada vez más.

Y yo, mientras tanto, pidiendo perdón a todos los petardos finsemaneros, y a sus familias, todas llenas de Jonathans, de Jeníferes, de Aritzes, y de Bakartxos que pululaban tran-qui-la-men-te empujando sus carros con sus pantalones piratas, mascando chicles y sintiéndose felices porque estaban disfrutando de un finde de puta madre, en Suekea. ¡PAIS! Cuando llegé al subpasillo donde ví por última vez “su resplandor”, ella había corrido hasta la otra punta pensando que me había adelantado (“como nunca me esperas”) ¡MECAGÚEN TODO LO QUE SE MENEA!. Ahora a remontar, como Fernando Alonso con la camioneta. Vuelta a correr por el pasillo adelantando a todos los que miraban raro cuando iba en dirección contraria. Ya me daba igual, casi, si pillaba a alguien, iba a disfrutar. Si una abuela se asustaba, me daba igual, si a Jénifer se le caían los ganchitos, que se fastidie, si Jonathan dice: “mira papá el tío de antes”, que se fastidie. A esas alturas ya había asumido mi función y sabía que me iba gustar el copón la tontería FLUNJEN que churry pusiera en el carro.

¡A que me comprendéis!