Colores

El sol y el viento en la cara, el monte encendido, los prados de un verde intenso, y una preciosa canción.

Esta mañana paseaba en moto por el valle, despacio, como a mi me gusta, sintiendo el sol y el aire fresco limpiar la semana pasada. Llenando el otoño mi mente de resortes para otro ciclo, disfrutando de un trocito de libertad montado en un ronroneo, como en un gato gordo.

Y me fijé en los colores. Decimos que la primavera es la estación colorida por excelencia, pero los colores del otoño son incontestables. Los colores del otoño se han curtido durante todo el verano, y  se han ganado a fuego su brillantez. Colores por todas partes. Suerte de un cielo azul salpicado de nubes blancas, de verde intenso los prados sobre la mojada y negra tierra. Y árboles; robles, hayas, castaños, enormes y pequeños notarios de las estaciones que gritan su despedida hasta pasado el invierno, ahora muestran todo lo que han acumulado durante el estío. Verde, amarillo, rojo, azul, blanco … , colores. Saltó Donovan en mi cabeza con su canción “Colours”. Y no me la pude, ni quise, quitar.

Volviendo a casa, gritando contra el viento la canción, emocionado, mientras me miraban los terneros y potros que pastaban tranquilos, al sol, me han entrado ganas de agradecer lo que estaba viviendo. Agradecer por todo, hasta por los problemas. Agradecer por sentir, por apreciar, por disfrutar. Agradecer por las fuerzas que iba cogiendo, por la importancia del sentimiento, por encontrar la ilusión en la naturaleza, que siempre está.

Efímero el momento, seguro, pero el recuerdo queda y siempre es bueno tener un buen puerto donde recalar.

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Realidad

Hoy quiero escribir, me apetece. Siento la necesidad de sacar algo que se está acumulando y que se parece a un sumidero de agua sucia. Sí, una vez más una espiral, pero en este caso de mierda.

Pero no estoy seguro de contar con toda la información. Sé que las cosas no son como las vemos, porque las vemos como nos las quieren contar, y hay muchos contadores de la realidad.

Acabo de escribir dos líneas y ya parece que voy a hablar de política. No es mi intención, pero el caso es que todo tiene que ver. De mis sensaciones son responsables muchos factores y la política, inevitablemente, o lo que recibimos relacionado con ella, uno de ellos. Y no me gusta. No me gusta ver que nuestros dirigentes se pueden clasificar por el volumen de sus corruptelas. No me gusta sentirlos, que no verlos, esforzándose en acuerdos en la sombra para solucionar asuntos judiciales con un único denominador común, el dinero público, el nuestro, el que hemos pagado. No me gusta que ocupen las primeras páginas de toda la prensa escrita, vista y oída. No debería ser lo más importante. Antiguamente existía una publicación especializada en casos delictivos, generalmente sangrientos, que se llamaba ” El Caso”, y durante cuarenta y cinco años, hasta 1997. “el diario de las porteras” como se le llamaba, relató sucesos trágicos y delictivos de la sociedad española. Ahora tendría material para otros cuarenta y cinco. Y eso es lo que quiero, Que me dejen en paz. Que saquen de los medios de comunicación los delitos y los marginen en una publicación especializada.

Quiero recibir información fresca, formativa, animada y animadora. Quiero que pueda acceder, sin rebuscar, a información de hechos que me hagan sentir bien. Que no tenga que bucear en las páginas, impresas o digitales, para encontrar algo que me ayude a encarar el día o la semana. Que hable de los valores fundamentales, de cosas buenas, que de ejemplos de vida normal y de causas justas. Algo que nos enseñe el camino, no las zarzas. En esta sociedad desnortada llamamos dirigentes a quienes no nos dirigen, informadores a quienes no nos informan, educadores a quienes no nos educan, y a las cosas de verdad las llamamos cultura alternativa.

No me extraña que quienes se incorporan poco a poco, por edad, a este mundo, sientan rechazo. Y les llamamos antisociales o contraculturales. Pero ¿qué es lo que perciben?. No me extraña que se escondan en su música, en sus bajeras, que no quieran crecer, que busquen un lugar distinto, donde vivir no sea ésto que hemos hecho nuestra realidad.

Realidad que nos lleva a que cuando pensamos en el futuro, inevitablemente nos centramos en los problemas que nos pueden acuciar en él. Pocas veces pensamos que en el futuro podremos abrazar a nuestros nietos, pasear con nuestra pareja junto a un río o bajo un bosque o en la playa, escuchar una canción que nos emocione o releer nuestro libro favorito sin interrupciones. Que tendremos tiempo para charlar con nuestros amigos sin prisas, sin horarios, tranquilos. Que podremos recordar, que también podremos imaginar, que nos podremos reír, que podremos llorar, que despediremos a seres queridos y daremos la bienvenida a otros. Que la vida seguirá y seguiremos teniendo sueños.

Esta mañana, solo en casa, he escuchado una nueva canción, un blues, de un grupo español. El blues siempre me ha gustado y he encontrado en él una cadencia especial que me ha hecho ir de abajo a arriba llevándome a lo más alto. No me puedo resistir. El caso es que metían una armónica preciosa que me ha recordado que tenía una de las mías cerca. He probado si estaba afinada en la tonalidad de la canción y ha sido que sí. He empezado a acompañar la canción con mi armónica mientras los pelos se me ponían como escarpias y he vivido uno de los momentos más felices de los últimos meses. Simple ¿verdad? pues de eso tenemos que llenar la vida.

Labaki

Ayer estuve en Labaki. Lo conocí cuando una primavera mi vecino, Juan Cruz, me pidió que le ayudáramos a llevar las vacas. Algunos vecinos, generalmente los de mayor edad, jubilados ya, mantienen en casa algunas vacas durante todo el invierno, mientras crían, y en primavera las llevan a sus fantásticos prados verdes. Éste era el caso. Mis vecinos eran una pareja mayor, sin hijos, que mantenían las costumbres del lugar de autoabastecerse de todo lo que su salud de septuagenarios les permitía.

Vivían en Sibilenea, el nombre de su casa, y tenían ocho o diez cabezas de vacuno de las que obtenían dos o tres terneros cada invierno. Además criaban a las cerdas mas limpias que se han conocido en la región. En su cuadra, compartida por las vacas y los cerdos, no olía mal. Con hojas de roble como cama, olía a paja fresca, a madera, a helechos y ramas tiernas de fresno. Las cerdas estaban acostumbradas a salir de casa dos veces al día para sus necesidades, y obedientemente seguían a su dueño hasta un yerbín frente a su casa. Allí Juan Cruz recogía con una pala pequeña y un cubo lo que dejaban y tras un rato de mordisquear la hierba fresca y hablar entre ellas, volvían a la cuadra.

Cuando la primavera se asentaba había que sacar el ganado mayor de casa y llevarlo a la borda. Esto no era tarea fácil, pues la vacas, encerradas un largo invierno en una cuadra, en cuanto veían el sol saltaban y pegaban coces a los cuatro costados. Por eso nos avisaba, para que le ayudáramos a controlar el ganado.

Abría las puertas de la cuadra de par en par e iba soltando las vacas de sus pesebres. Para entonces ya estábamos dispuestos, alrededor de la entrada de su casa, en semicírculo, su mujer, la mía, mis hijos, de cinco y diez años, y yo. Todos armados de buenos palos y con precisas instrucciones de pegar bien fuerte en el suelo y chillar si se acercaba una vaca. Lo cierto es que daban miedo. Salían como ciegas y locas pegando botes hacia cualquier lado. Poco a poco se iban calmando y entonces, ayudados por sus perros Ron y Txuri, las dirigíamos por una senda hacia su borda. Ese camino era, y es, precioso. No más ancho de un metro y flanqueado de brezos, enebros y ametsas,  el camino discurría sorprendiéndonos  con fantásticos acebos a los dos lados. Majestuosos, orgullosos, salpicados de rojo brillante, hacían del recorrido una postal inolvidable.

Ron tenían malas pulgas. Era un perro grande, castaño oscuro, de mucho pelo largo, que vivía en una caseta en la esquina de la fachada de la casa. No te hacía nada si no le hacías nada. Pero no intentaras jugar con su comida o con su sitio que enseguida te dejaba claro que no le gustaba. Nada de caricias. Txuri, sin embargo, era un pastor vasco blanco que había que quitárselo de encima de lo mimoso y juguetón que era. Ron se colocaba, sin decirle nada nadie, detrás de la última vaca, delante mía. Iba todo el camino oscilando entre la derecha y la izquierda, mirando si alguna vaca se salía del camino. Vigilaba si alguna hacía mención de entrar en el bosque, de arrimarse a morder alguna rama de algún arbusto, de pararse. Si alguna lo hacía, con un gruñido, con un amago de ladrido, la ponía en su sitio. Mientras tanto Txuri correteaba, divertido, de la primera vaca hasta la última, para disfrute de mis hijos.

En el camino, pasábamos por delante de Labaki. Es una prado rectangular con la entrada en la esquina inferior derecha. Un portillo de estacas de castaño viejo bien armado impide que el ganado salga de él. Uno de sus lados está cerrado por un muro de piedras planas, el otro lado largo es un ribazo en cuesta de grandes robles. Un pasto verde y fresco cubre el terreno que sube despacio hacia una loma desde la que es imposible no mirar en paz. Desde allí envidias al ganado que pasta tranquilo.

Ayer estuve allí. Recordé los paseos con las vacas de mi vecino y las caras de satisfacción y regocijo de mis hijos. Vi pasar mis últimos quince o veinte años por encima de su hierba, y me sentí bien. Lejos de todo el tumulto en el que vivimos, libre de toda atadura social, ajeno a cualquier juicio, Labaki, sus vacas, sus potros, que me seguían por si les daba algo, seguía siendo un remanso de una vida preciosa que no nos atrevemos a valorar, por si nos descontectamos.