Carta a una amiga

No me cuides tanto, por favor, amiga democracia.

Déjame decidir de qué manera quiero vivir. No me obligues a hacerlo de una manera que tú crees que es la correcta. Yo te prometo que no molestaré a nadie con mi forma de vida. Te prometo que pagaré mis impuestos para que sobrevivas y te paseen, de boca en boca y sacando pecho, todos esos falsos servidores públicos de los que te has rodeado. Esos amigos tuyos que, a tus expensas (las de todos nosotros), se hicieron con los derechos de tu existencia y viven de ellos (de todos nosotros). Tú no tienes derechos de autor. No nos deberías costar tanto, parece que estás enferma, y esos amigos tuyos, en vez de cuidar de tí, cuidan de ellos mismos; eso sí, siempre en tu nombre.

Deberías ser como el cielo, que siempre está ahí, con más o menos nubes, pero ahí. Tendrías que parecerte al aire, que nos da vida, pero del que no hablamos contínuamente. En realidad creo que eres como el sentido común, que se tiene o no se tiene. Ya nos vamos dando cuenta quién te tiene y quién no, vamos notando quién te utiliza.

Quiero vivir sin imposiciones, quiero vivir en paz y en armonía con mis vecinos. No quiero que tú seas la causa de discusiones y malos rollos entre amigos, o entre familiares. No quiero que tú seas el principal tema de conversación y que no haya informativo en el que, en aras tuyas, me mareen con declaraciones insulsas, repetitivas, y carentes de todo interés mas allá del simple titular. No quiero que mi vida esté llena de amenazas. Te estás convirtiendo en un sargento mandón de cuya boca solo salen prohibiciones y castigos.

No quiero vivir pendiente de lo que puedo y no puedo hacer. No se vivir pendiente de si hay una ley para algo o no. Que seguro que la hay. Porque tus representantes no saben hacer otra cosa que hacer leyes, reglamentos (muy tarde) y regímenes sancionadores. Podías haberte hecho amiga de los maestros, en vez de los que tienes. Necesitamos mas educación y menos leyes. Y no te veo muy capaz de atender esta necesidad.

En algunas cosas te pareces a las madres, que cuando tienen frío ponen un abrigo a sus hijos. Igual no eres tú, sino tus representantes, los que cuando ven alguna anomalía, debida a ellos generalmente, nos ponen el jersey a nosotros. La verdad es que no encontramos mucho ejemplo en ellos.

Como en las familias, como en las empresas, no necesito tanta gente para pensar qué debo hacer yo. Con que me enseñes una vez me basta. No quiero que me manden hacer cosas que deberían hacer ellos, tus amigos. No me parece bien que deleguen en mí sus responsabilidades y me hagan responsable de conductas de otros. Me has convertido, o tu gente, en cobrador por tu cuenta, en velador de la intimidad de los demás, también por tu cuenta, y ahora me conviertes en chivato. ¿Que pasa, que no te  fías de mí? ¿No será que no estás segura de haberme educado para vivir contigo?

Antes ya de que te bautizaran los griegos hubo muchos con sentido común, del que seguramente saliste tú. A veces pienso que eres un cruce de sentido común y dignidad. Pero ahora mal entendido. Como decía hubo uno bastante respetable, un tal Pitágoras, que acuñó una frase que no practica ninguno de tus amigos: “Educa al niño y no tendrás que castigar al hombre”. Me haces pensar que somos unos maleducados, porque solo veo castigos por todas partes. Si naciste de la libertad, de la dignidad y del sentido común ¿por qué nos amenazas tanto?

Y no me digas que me has dado unos cuantos años de vida de más. con eso no me vale. Igual reconozco que contigo se ha conseguido elevar las estadísticas y las expectativas de supervivencia. Pero una cosa es estar y otra es vivir. Sin duda que ahora estamos más tiempo aquí, pero… ¿vivimos más? No tenemos tiempo para estar ni con nuestros hijos ni con nuestros padres. Las semanas se pasan en un abrir y cerrar de ojos repletas de obligaciones. Y los meses se suceden hasta dar con el merecido descanso vacacional. ¿Y luego? Vuelta a empezar. La espiral diabólica de la producción y el consumo.

Para vivir contigo nos falta educación. No nos has enseñado a vivir con mayúsculas. A disfrutar cada día del amanecer. A ilusionarnos con las posibilidades que se nos presentan con cada día de ser mejores, de querer a los nuestros, de hacer sonreir a un vecino, de ayudar en algo a alguien. De aprender, de entender, de escuchar, de decidir. No nos has enseñado a crecer y sí a tener. Y esto nos ha esclavizado. Y la esclavitud no es buena para el hombre, pierde su dignidad.

Y ahí solo le quedarán sus sueños; como dijo otro con sentido común, Walt Whitman, “sólo en sus sueños es libre el hombre”

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