Dos vidas

Haypecas-y-pap dos vidas en cada uno de nosotros. Una la emocional, la que vivimos acelerados, por fervor o por imposición, pero acelerados. Tiene que ver con nuestro trabajo, con nuestras obligaciones, las que nos imponen o las que nos imponemos. Tiene que ver con el subsistir, con hacer las cosas, con el abastecimiento, con el mejorar. Y la otra es la pausada, la reflexiva, la a veces melancólica, la de los recuerdos, la de las añoranzas, la de las ilusiones, la de las emociones. Hay veces que la vida parece que se para y te da tiempo para pensar. Y esos ratos merece la pena recortarlos y meterlos en un tarro de cristal, ponerles la fecha, y releerlos más adelante. En esos ratos puedes recapacitar sobre tu caminar. Sobre los que vas dejando de lado y lo que vas manteniendo en las alforjas. Sobre lo que te enseñaron y lo que enseñas. Sobre lo que quieres de verdad y lo que tienes. Sobre tus mentiras. Sobre tus traiciones.

Esta sociedad inhumana ha convertido nuestro corazón en un ser, generalmente extraño, que vive dentro de nosotros y que solo se manifiesta en los ratos en los que abrimos la puerta a nuestra segunda vida, a la de verdad. Mientras tanto es una máquina de empuje y fuerza. Una de sus funciones. Pero la buena, aquella para la que vive, no la vemos hasta que nos duele. Tenemos que sentarnos delante de nosotros mismos, desprovistos de todo interés, una tarde de otoño es un buen momento, una canción que nos guste acompaña bien, y dejarle protestar. Que suelte todo lo que va a cumulando. Que nos tire a la cara lo mezquinos que somos, unas veces en aras del bienestar, otras llevados por las costumbres sociales, otras sin ningún sentido. Que nos retuerza de pena al recordar las faltas, las ausencias, los desprecios. Que sea nuestra conciencia, que lo es, y que grite con dolor hasta hacernos recapacitar. Recapacitar y darnos cuenta que vale más una emoción que un billete, que una sonrisa tiene más fuerza que un puñetazo, que una llamada es más importante que mil intenciones. Que queremos, que sentimos, que reímos, que lloramos, y que somos. Por encima de todo somos.

Una tarde de otoño me hace pensar que hace muchas tardes que no pienso, que corro, que vivo en la primera vida, y que aunque procurando parar en algunas islas, mi barco va muy deprisa. Dejo muchas cosas atrás. Y no me gusta.

Mi amiga Pecas, una gata, viene a ponerse entre mi portátil y yo, y me da con su cabeza en mi bigote. Insiste, por que yo estoy trabajando y no quiero que me distraiga. y ella me dice: “venga tonto que esto relaja” Y empiezo a hacerle fiestas mientras ella comienza con un ronroneo que me evade.  Creo que ella está en la onda de mi corazón, y me saca de una vida feroz para llevarme a la otra. Donde una caricia, con ruido, apaga el volcán.

Realidad

Hoy quiero escribir, me apetece. Siento la necesidad de sacar algo que se está acumulando y que se parece a un sumidero de agua sucia. Sí, una vez más una espiral, pero en este caso de mierda.

Pero no estoy seguro de contar con toda la información. Sé que las cosas no son como las vemos, porque las vemos como nos las quieren contar, y hay muchos contadores de la realidad.

Acabo de escribir dos líneas y ya parece que voy a hablar de política. No es mi intención, pero el caso es que todo tiene que ver. De mis sensaciones son responsables muchos factores y la política, inevitablemente, o lo que recibimos relacionado con ella, uno de ellos. Y no me gusta. No me gusta ver que nuestros dirigentes se pueden clasificar por el volumen de sus corruptelas. No me gusta sentirlos, que no verlos, esforzándose en acuerdos en la sombra para solucionar asuntos judiciales con un único denominador común, el dinero público, el nuestro, el que hemos pagado. No me gusta que ocupen las primeras páginas de toda la prensa escrita, vista y oída. No debería ser lo más importante. Antiguamente existía una publicación especializada en casos delictivos, generalmente sangrientos, que se llamaba ” El Caso”, y durante cuarenta y cinco años, hasta 1997. “el diario de las porteras” como se le llamaba, relató sucesos trágicos y delictivos de la sociedad española. Ahora tendría material para otros cuarenta y cinco. Y eso es lo que quiero, Que me dejen en paz. Que saquen de los medios de comunicación los delitos y los marginen en una publicación especializada.

Quiero recibir información fresca, formativa, animada y animadora. Quiero que pueda acceder, sin rebuscar, a información de hechos que me hagan sentir bien. Que no tenga que bucear en las páginas, impresas o digitales, para encontrar algo que me ayude a encarar el día o la semana. Que hable de los valores fundamentales, de cosas buenas, que de ejemplos de vida normal y de causas justas. Algo que nos enseñe el camino, no las zarzas. En esta sociedad desnortada llamamos dirigentes a quienes no nos dirigen, informadores a quienes no nos informan, educadores a quienes no nos educan, y a las cosas de verdad las llamamos cultura alternativa.

No me extraña que quienes se incorporan poco a poco, por edad, a este mundo, sientan rechazo. Y les llamamos antisociales o contraculturales. Pero ¿qué es lo que perciben?. No me extraña que se escondan en su música, en sus bajeras, que no quieran crecer, que busquen un lugar distinto, donde vivir no sea ésto que hemos hecho nuestra realidad.

Realidad que nos lleva a que cuando pensamos en el futuro, inevitablemente nos centramos en los problemas que nos pueden acuciar en él. Pocas veces pensamos que en el futuro podremos abrazar a nuestros nietos, pasear con nuestra pareja junto a un río o bajo un bosque o en la playa, escuchar una canción que nos emocione o releer nuestro libro favorito sin interrupciones. Que tendremos tiempo para charlar con nuestros amigos sin prisas, sin horarios, tranquilos. Que podremos recordar, que también podremos imaginar, que nos podremos reír, que podremos llorar, que despediremos a seres queridos y daremos la bienvenida a otros. Que la vida seguirá y seguiremos teniendo sueños.

Esta mañana, solo en casa, he escuchado una nueva canción, un blues, de un grupo español. El blues siempre me ha gustado y he encontrado en él una cadencia especial que me ha hecho ir de abajo a arriba llevándome a lo más alto. No me puedo resistir. El caso es que metían una armónica preciosa que me ha recordado que tenía una de las mías cerca. He probado si estaba afinada en la tonalidad de la canción y ha sido que sí. He empezado a acompañar la canción con mi armónica mientras los pelos se me ponían como escarpias y he vivido uno de los momentos más felices de los últimos meses. Simple ¿verdad? pues de eso tenemos que llenar la vida.

Nosotros

Me he sentado esta noche en el balcón, para ver la formidable tormenta eléctrica que se cernía sobre Pamplona. Es un espectáculo impresionante. Sobre todo si lo ves con el contraste que ofrece la luna, en el otro lado, al oeste, brillando en cuarto creciente, casi llena. En fin, que tenía el cielo dividido, la mitad con un montón de nubes que se iluminaban intermitentemente, y la otra mitad, casi sin nubes, con una luna maravillosa.
Y esto me ha llevado a pensar en nosotros, en nuestra pequeñez.

Nos asombran las cosas grandes, pero no sé si es por bonitas o por grandes. Nos sorprendemos con las cosas pequeñas, pero no sé si es por bonitas o por pequeñas. Todo lo que se sale de nuestra normalidad nos resulta admirable. Pero existe incluso antes que nosotros. Nos sorprendemos por causa de nuestra ignorancia, de nuestra falta de relatividad, por nuestra autosatisfacción y conformismo. Creemos que lo controlamos todo, y solo controlamos nuestros esfínteres, y no siempre.

No somos capaces de darnos cuenta de que somos una trillonésima, o menos, parte, de algo enorme que no controlamos. De que estamos de paso y que somos efímeros. Una mosca, en nuestra vida, vive mucho comparado con nuestra existencia en el universo.

Y ésto estrecha el paréntesis, el nacimiento y la muerte. Poco tiempo, del nuestro, y generalmente desperdiciado. Nos volvemos locos llenando nuestra vida de satisfacciones efímeras, de logros materiales que no trascienden al minuto de conseguirlos. Y así nos va. Si el supermercado en el que hemos convertido nuestra sociedad no proporciona las ofertas deseadas nos venimos abajo, el sistema no funciona.

Admiramos los éxitos sociales, y elegimos a las personas que creemos que nos los pueden proporcionar. Y aquí me puedo meter en el gran tema, la educación. Ni lo voy a intentar. Es la madre del cordero. O cambiamos los paradigmas educativos, o no tenemos futuro como personas. Tendremos futuro como organismos vivos, dirigidos, manipulados, anulados en nuestra voluntad, pero cómodamente mantenidos. Pero no vivos completamente, solo en nuestra aspecto físico, y mínimamente en el intelectual. Pero hay otros.

Si mi vida solo está llena de razón, está vacía. Igual que si solo está llena de intuición, o de sentimientos. El equilibrio entre las tres componentes es la clave de una existencia plena. Y nos lo están poniendo muy difícil. La estructura social que hemos creado nos exige dedicar la mayor parte de nuestro tiempo a los aspectos materiales de nuestra vida. Y la satisfacción de las necesidades más intrínsecas del ser humano no se encuentran ahí.

No sé como pasar de ésto. Y me gustaría, pero me siento atrapado. Procuro compensar la obligación con las devociones mas personales y gratificantes, pero me preocupo.

Esperaré ver pasar otra tormenta para acercarme a la verdad.

Sentimiento

Una cosa me ha cuajado de las telenovelas, que las he visto ¿eh?, no lo voy a ocultar. No recuerdo si es en las venezolanas o en las mejicanas, creo que es en éstas últimas, donde utilizan la expresión “te ha removido la cobija”. Y desde que la oí me llamó la atención.

Cobija viene del verbo cobijar, dar abrigo, guardar, guarecer. Y la verdad es que me viene a la cabeza a menudo. Sobre todo ahora, que con esto del liderazgo, de la mejora continua, de la zona de confort, todas la teorías indican que has de dar un paso adelante, que has de traspasar tu zona cómoda, para progresar.

En la tele, en las telenovelas, ¡sí! en los culebrones, utilizan el removimiento de cobija para señalar que alguien te desnuda sentimentalmente. Cuando una de las protagonistas conoce al chico con el que va a compartir el protagonismo de la serie, siempre sale su tata y le señala que le “ha removido la cobija”.

Pero yo enseguida lo identifiqué con otros sentimientos. Con aquellos que te tocan en lo profundo. Aquellos que provocan alguna reacción física, sea la emoción, el cariño, la pena, incluso la indignación. Pero que no suponen una expresión voluntaria sobre el hecho, sino un sentir físico que no tiene otra explicación que el hecho en sí que lo ha provocado.

Y hay uno que te la remueve como nada en este mundo.

En  una entrada anterior relaté como un amigo mío había estrenado el año con un par de gemelos maravillosos, y ahora, otro amigo, acaba de recibir el regalo más grande de su vida. Su hija. Esto si que te remueve la cobija. Uno puede ser pelma, superpelma y padre. Nunca nos cansamos de hablar de nuestros hijos. Pero es que los sentimientos que nacen de esa condición son difíciles de explicar.

Y como son difíciles de explicar ni lo voy a intentar.

Yo tengo dos físicos, de ahora veintiséis y veintiún años, y un sueño que ahora tendría diecinueve. Todos me removieron la cobija. Todos me tienen la cobija escondida dejándome expuesto a la vida. No importa. Si ellos están detrás, no hay mejor motor para que yo siga tirando.

Cada día recuerdo a mi padre, a mis tíos más queridos, a mi suegro, con el que me unía una relación muy especial y a mi hija, que me mira y la siento crecer como si estuviera sentada a mi lado.

Puedo estar loco, o haber perdido el sentido de la realidad. Pero ¿de qué realidad?, ¿de la que hemos montado con tanta información carente de sentimientos o de la que sentimos? ¿Cuál es la realidad? Sin duda mi realidad son mis sentimientos, no lo que me muestran los medios. ¡Faltaría más! La realidad no es lo que está pasando sino lo que estoy sintiendo. Y si me muevo por ésto mi vida será mucho más coherente.

Teniendo las cosas claras, los cimientos bien plantados, podemos avanzar sin miedo, sin dudas, sabiendo claramente cuales son nuestros objetivos.

Muchas veces en mi vida he sentido que algo iba a pasar, que algo iba a cambiar en breve, he sentido algo. Esto dicen que es la intuición, otra cosa difícil de explicar. Pero que ha resultado cierta. Es la diferencia entre no sentir nada y sentir algo. Es distinto y no sabemos donde.

 

La trampa de silencio

Cuando se está convencido de los argumentos propios, cuando éstos se han forjado durante una vida, cuando se vive de ellos, no se quiere, no gusta, someterlos a consideración. No resulta agradable exponerlos para que nuestro interlocutor los cuestione, aunque sólo sea mentalmente. Por el contrario los argumentos ajenos son desechados automáticamente frente a la contrastada fortaleza de los nuestros, frente al fortín que hemos construído con ellos a lo largo de los años.

Si nuestro interlocutor es conocido, asíduo en la relación, conocemos sus planteamientos de antemano, porque lo que tiene una relación es que poco a poco se va produciendo el intercambio, poco a poco se va produciendo el enriquecimiento mútuo producto de esa visión distinta de la realidad. Cierto es que la realidad no es una, mejor dicho, si es una, pero cada uno la ve de una manera distinta. El contraste de visiones enriquece su conocimiento y abre nuestro espectro de referencias cognitivas.

Conocedores de la otra visión, podemos sopesar los argumentos contrarios sin necesidad de diálogo. Los sometemos a nuestro juicio y probamos su fortaleza enfrentándolos, en nuestro terreno, a los puntales de nuestra vida. Pero jugamos en casa, y aquí cualquier idea tiene todas las de perder, y antes de cualquier planteamiento conjunto ya hemos descartado las otras opciones.

Descartados los planteamientos de la otra persona cualquier discusión está fuera de lugar, y si las dos partes son conocedoras de la posición contraria y han procesado la situación de la misma manera, no hay lugar para el diálogo. Las posturas son conocidas y solo cabe la comunicación de cambio de parecer, de renuncia a alguno de los pilares vitales. Y ésto no es posible. Fálsamente pensamos que nuestra integridad quedaría cuestionada por la debilidad mostrada en el reconocimiento de otras estructuras.

Reafirmados en nuestra posición, planteamos, habitualmente sin quererlo, la trampa de silencio. Si quieres acercarte a mí ya sabes por donde tienes que pasar. Si quiero acercarme a ti ya sé por donde tengo que pasar. Es de doble sentido, pero con las mismas consecuencias y con un funcionamiento distinto al conocido en los artilugios reales. Éstas funcionan sin pasar por ellas. Cuando se abre la trampa atrapa a su presa. Solo cerrándola cuanto antes dejará de hacer daño al apresado. Y no es de las de pisar, o de enredarse en una red. Sus cicatrices encallecen el órgano afectado, que sangra mientras está en ella. La trampa se cierra con fuerza en nuestro corazón.

La vida sigue

Empezamos el año de la recuperación. Ya sabéis, primero la recuperación se lee, luego se habla y para cuando se nota pasan unos años. Como la crisis, igual.

El caso es que se nota en el ambiente más ganas que de costumbre de que todo vaya bien. De que nos ayudemos, de colaborar, de generar sinergias que nos empujen a todos hacia arriba.

Nos hace falta. No podemos aguantar más este pesimismo que nos ha abrazado en los últimos años. Un chute de ilusión nos viene de maravilla para enfrentar esta cuesta de la recuperación.

No va a ser rápida. Iremos recuperando poco a poco, casi sin darnos cuenta. Pero no debemos desfallecer en el esfuerzo ni dejar de estar atentos a todas las oportunidades y a nuestra mejor preparación.

Los años nuevos siempre son motivo de ilusión y de renovación de propósitos, o metas que queremos alcanzar en los doce meses que tenemos por delante.

Nada más distante de la modernidad virtual que vivimos que un nacimiento. Es el caso de un amigo mío que ha estrenado el año con un par de fantásticos gemelos que van a cambiar su vida. Sin duda que su visión de la vida da un vuelco y su escala de valores cambia. Todo comienza a tener el sentido justo y verdadero. La motivación se escribe con mayúsculas y en negrita. De repente uno pasa a ser el esclavo más feliz del mundo; por que conoce su objetivo en esta vida. Aparece el “porqué”.

Y digo ésto por que mi amigo es un especialista en el mundo virtual, en lo online, en las webes. Y le han caído dos cachorros, nada virtuales, que le van a cambiar la vida. Los reyes le han traído dos cookies, sin autorización, de los que va a aprender a vivir.

Fenomenal inicio de año el de mi amigo. Y valga esto para recordarnos que las cosas de verdad no son virtuales. Que la virtualidad se esfuerza en atrapar nuestro interior, en amarrarnos a un mundo sin contacto, aunque el objetivo (virtual) sea tener muchos. Pero nuestro interior necesita otras vías de comunicación. Y desde aquí, y en este momento os lanzo un reto. Me gustaría recibir, y prometo contestar, cartas manuscritas. Me muero de ganas de dar la vuelta a un sobre y mirar quién me la envía. ¡Qué ilusión!.

Hay que atreverse ¿eh?. Es mucho más fácil escribir un correo electrónico, o un wasap. Pero no os quepa ninguna duda que tiene mucha más sangre una carta que un email. En todos los sentidos.

Con todo mi cariño para mi amigo, y en contra de su profesión, lanzo este reto: atrévete a enfrentarte a un papel blanco.

La vida es un papel blanco que vamos escribiendo sin darnos cuenta cuando lo hacemos, y solo podemos leer lo escrito.

Ahí va mi dirección:

  • Carlos Zamarbide
  • Av. Pío XII, 30, esc. izda., 8º C
  • 31008 Pamplona (Navarra)

Un abrazo muy fuerte a todos y que el dos mil catorce nos abra los ojos.

Otra generación

Hace tiempo que le dije a un amigo que el facebook, o el tuenti, estaban sustituyendo a lo que para nosotros eran las plazas. Nosotros llegábamos a casa después del colegio, le plantábamos una beso a nuestra madre, le decíamos que “bien” (igual que ahora nos dicen los nuestros pero a otras horas) y salíamos corriendo de casa con la merienda en la mano.

Abajo, en la acera, en la plaza, en el descampado, estaban nuestros amigos. Era el grupo social que nos importaba. Con ellos, en ellos, teníamos que realizar nuestras mas secretas ambiciones. En el grupo se conseguían los reconocimientos, los honores, se recibían las distinciones y se insuflaba el ego necesario para seguir viviendo. Las dosis de autoestima, que entonces no se sabía lo que era, nos hacían dormir a pierna suelta, además del cansancio físico.

Ahora las relaciones son totalmente distintas, aunque creo que se persigue lo mismo. Desde luego el cansancio físico no está presente, salvo por las impuestas actividades extraescolares a las que sometemos a nuestros hijos a edades mucho mas tempranas que las aconsejadas y convenientes.

Nunca se me olvidarán las colecciones de mariposas que formábamos, en tarros de cristal con las tapas agujereadas, paralizándolas con ramas finas de árbol llenas de hojas. Las íbamos clasificando por colores y luego, después de exhibirlas en el grupo o en los grupos con los que compartíamos el campo, las soltábamos con orgullo.

¿Y aquellas cabañas? Aquellas obras de arquitectura infantil que nos daban una intimidad como pocas veces hemos sentido. “Nuestra cabaña”. Nadie nos ve. Vemos a todos los que vienen y estamos a cubierto en nuestro castillo; libres. Esa sensación pocas veces la hemos vuelto a sentir, aunque en realidad la hayamos vivido.

¿Y cuando jugábamos al escondite, o a policías y ladrones? Adrenalina pura. Siempre nos las arreglábamos para correr a escondernos con la chica (o chico) que nos gustaba. Y cómo sentíamos el palpitar de su corazón en el silencio nervioso de la espera, escondidos.

No se si mis hijos han vivido estas sensaciones. Se que yo no viví una comunicación tan intensa, o mejor dicho, tan fluída como ellos tienen ahora. Pero no creo que ellos tengan tanto contacto físico, tanta relación grupal como tuvimos antaño.

¿Qué es mejor? Ni idea. Es lo que hay. Ellos viven una nueva realidad que nosotros no conocimos y a la que nos estamos acostumbrando poco a poco. De hecho sonríen cuando les hablas de blogs y de escritura. Parece que escribir es cosa de viejos. Lo de ellos es comunicarse. Con ese endiablado lenguaje resumido, que me cuesta entender, lleno de abreviaturas, que puede convertirse en la nueva taquigrafía del siglo XXI.

Son los nuevos tiempos, las nuevas formas, las nuevas tecnologías. En nuestro tiempo fué la televisión, que flipaba a nuestros padres y a la que tan rápidamente nos acostumbramos, la que dividió radicalmente las generaciones. Ahora es la informática, el móvil, las redes sociales y el Whatsapp y el Skype.

Confío en que todo esto constituyan nuevas herramientas de desarrollo y comunicación. Y que, en el fondo, sigan valiendo los mismos valores que impulsaron a nuestros padres y que aprendimos de ellos.

A veces no es fácil la tarea. Identificar lo que nos decían nuestros padres en las conductas de nuestros hijos es un ejercicio de abstracción que requiere de mucha paciencia, aguante, contar mil veces hasta mil (mississippi incluido) y pegarse un buen rato en la cama, pensando cómo demonios hacer las cosas.

El caso es que poco a poco la vida va pasando y vas viendo la evolución. El abandono de la música estridente de la adolescencia (aborrescencia para los padres), las canciones románticas que les ponen los jóvenes ojos rojos, el enfrentamiento abierto por sus libertades, y la aparición (muy poco a poco) de gustos compartidos con nosotros (ya metidos en los ventitantos).

A pesar de las nuevas tecnologías, de la desaparición  de nuestros espacios abiertos, todos buscamos los mismo, la relación con nuestros semejantes. Tanto influye en nosotros este instinto, antes y ahora, que nos lleva a enfrentarnos con nuestros círculos familiares. Temporalmente, ojalá, y creando una crispación en la relación paterno-filial muy difícil de llevar. Pero terriblemente común. Eso es lo raro, que siendo tan habitual, se sufra tanto. Sin duda es que la razón choca con el corazón.

Bendita vida que nos hace vivir nuestros errores dos veces.  Benditos errores que nos hacen vivir la vida dos veces.

Fundamento

Recientemente he subido a la página de Facebook de mi empresa “Unión 90 Asesores”, una noticia del Gobierno de Navarra, en la que a través del CEIN (Centro Europeo de Empresas e Innovación de Navarra) convoca unos campamentos de verano temáticos para chavales entre 8 y 15 años. Voy a trasladar literalmente parte del contenido de la convocatoria:

“El propósito de esta actividad es fomentar, durante el periodo estival y de una forma divertida y lúdica, el interés de los niños y jóvenes navarros por la tecnología, la innovación y la creatividad, así como promover los valores vinculados al emprendimiento y favorecer el aprendizaje a través del juego.

En estos campamentos los y las participantes tendrán la oportunidad de construir sus propios robots o videojuegos, y programarlos en función de sus intereses a partir de una serie de retos que deben cumplir diariamente. De este modo, ponen en práctica habilidades y competencias tecnológicas y otras como el trabajo en equipo, la planificación o la resolución y superación de dificultades, y también estimulan su capacidad de innovación.”

La iniciativa es estupenda, pero no sé cómo no se les cae la cara de vergüenza de divulgar esos propósitos tan loables solamente para el verano. Vale, tengo que entender que durante el resto del año también, y que esto es para que no se les olvide durante las vacaciones. Pero sabemos que no es así. Que la educación es otra cosa. Que es algo más serio y que estas fruslerías se tienen que dejar para el verano.

Ya va siendo hora de que alguien pegue un manotazo encima de la mesa y ponga un poco de sentido común en la educación de nuestros hijos. ¡Ah! perdón, y de nuestras hijas también. ¡Ya me gustaría a mí que mis hijos hubiesen estado toda su infancia en un colegio con esos propósitos! Pero no. Hubo que tragar con la LOGSE, con el tratamiento a la diversidad (inexistente), y toda su retahíla de organización escolar.

Nos perdemos por las ramas y por las discusiones sobre sus podas; cada uno quiere podar con un sistema distinto. Pero no abonamos el tronco. No aclaramos el fundamento. ¿Debemos revisar el término “educación”? ¿Sus contenidos  deben ser los de siempre? ¿Sigue siendo nuestra sociedad la de siempre? ¡Hombre! Un poquito de por favor. Que los tiempos han cambiado mucho y lo necesario para andar por la vida ya no es lo mismo que antes. Y, por cierto, lo verdaderamente necesario, los valores verdaderos, no los enseñan en ningún centro.

Si queremos que nuestros hijos se preparen para el mundo laboral, vamos a procurar que les enseñen fundamentos de empresa, de sus principios, de sus sistemas de organización, de control, de información, de comunicación. La empresa va por delante de la sociedad y, por lo visto, la educación muy por detrás. ¿Queremos que nuestras empresas sean competitivas? Pensemos pues que una de las partes de la empresa, seguramente la más importante llegue preparada a ella. Para cualquier puesto, para cualquier tarea, eso ya lo decidirá cada uno de acuerdo a sus capacidades e iniciativa. Pero que sepa a donde va y cómo funciona la cosa. Hoy en día son muchos los recursos empresariales que se gastan en formación del personal, y creo que podrían evitarse para dedicarlos a otras mejoras. Por otra parte, seguro que estas materias suponen una motivación para la gente joven que ven cómo se incluyen en la educación (para ellos sin sentido) materias que forman parte de toda la conversación familiar y social.

Si queremos que el país progrese, no debemos escatimar en conocimiento. Y para ello nada mejor que empezar cuanto antes. Pero hay que tener claro cuál es el tejado y cuál es el cimiento de nuestra casa.

La igualdad y la naturaleza (o el endemoniado castillo del yo)

¿Cómo son las cosas? Las cosas son como son. Pero creemos que son como las vemos. Varias personas ven de forma distinta una misma cosa dependiendo de sus circunstancias. Esto es habitual. Y hablamos solo de ver algo. Si entramos en el terreno de comunicar algo nos podemos perder. Si difícil es ver algo de la misma manera, comunicarlo, contarlo, añade subjetividad y la distorsión está garantizada.

¿Cuantas veces nos hemos visto envueltos en discusiones absurdas motivadas por hablar de lo mismo de diferente forma?, defendiendo además la misma postura. Casi siempre, un tercero, nos hace ver que estamos diciendo lo mismo.

En cambio la naturaleza es sabia. Nunca repite su obra. Bueno, puede ser que cuando dicen que tenemos unos cuantos cromosomas iguales a los de otro, estos si sean iguales de verdad, pero no lo se, ni los veo. De lo que veo nada es igual.

Sin embargo el ser humano se esfuerza en encontrar igualdades. Nos educamos siguiendo ejemplos, aprendemos mirando a otro, y repetimos hasta la saciedad. Y no es malo. Es bueno para el aprendizaje rápido de la supervivencia. Pero siempre mantenemos nuestras diferencias. Éstas nos hacen irrepetibles, distintos a otros, distintos entre nosotros, incluso entre los más cercanos. Y son físicas y psíquicas. Y no nos tienen que molestar. La convivencia es fácil entre iguales, es hasta sosa. Lo difícil es convivir entre distintos. Eso es un arte y si estuviéramos bien educados de verdad, lo disfrutaríamos. Pero no es así. Vemos, pensamos y opinamos desde el inexpugnable castillo de nuestro yo, por nuestro yo y para nuestro yo. Así no se puede.

Ahora, en las empresas, están de moda los acuerdos de ganar-ganar. ¿y porqué no los de ganar-perder, o perder-ganar? ¿Es tan importante ganar siempre? ¿No tenemos ningún margen de maniobra que nos permita perder alguna vez?. Estos acuerdos niegan la solidaridad, la ayuda, el apoyo. Y no son tan necesarios. De hecho cuando alguien nos plantea un acuerdo de éstos, enseguida se  nos levanta un pelo. Y en el terreno de las relaciones personales, con conocidos o desconocidos, da igual, no lo podemos permitir. Hay que salir por encima. Hay una frase famosa que me gusta mucho que dice: “Si no tienes razón no discutas, y si tienes razón ¿para qué vas a discutir?”

Somos pequeños, distintos y nos falta todo que aprender. En esta vida no nos va a dar tiempo para aprender ni una cromosómica parte de lo que hay, de lo que pasa, de lo que somos.

Y no entremos en el terreno del género. Estoy de acuerdo que la ley no debe ser discriminatoria, pero tampoco se pueden establecer todas las igualdades por ley, porque sería desafiar a la naturaleza. Y si nos empeñamos en regularlo caemos en una tarea poco menos que imposible. Nos vamos a hartar de poner petachos.

Podemos hacer lo mismo, podemos pensar igual sobre algo, pero nunca seremos iguales. La diferencia está en la esencia de nuestro ser y nos maldice y glorifica a la vez. Nuestro aprendizaje debe controlar este efecto y es base de nuestro desarrollo, pequeño, claro.

No olvidemos nunca que somos parte de la naturaleza, que somos distintos, que no quiere decir contrarios, y de todo podemos aprender. Y que aprendiendo lo mismo no reducimos nuestras diferencias, las marcamos más. El aprendizaje nos proporciona la capacidad de expresar mejor nuestra individualidad diferente.

Reflexiones

Hay veces que te sientes vacío, que no es lo mismo que sin ganas, que no es lo mismo que dormido o atontado. Hay veces que esta sensación cambia durante una o media jornada, o al rato.  Una siesta, una película, una conversación con tu acompañante, son suficiente para hacerte cambiar el estado de ánimo. Los problemas laborales, familiares, económicos tienen esa rara virtud de “achicopalarnos” (que dicen nuestros colegas mejicanos) y dejarnos fuera de juego.

Todo es relativo. Nuestra mente se concentra en lo que nos preocupa y busca soluciones que nos satisfagan, y al no encontrarlas nos tira por el suelo. El gran maestro Edward de Bono nos enseña que el cerebro puede aprender a pensar de diferentes formas, que podemos aprender a utilizar esta herramienta fundamental de diferentes formas sin que su respuesta sea dirigida por nuestras preocupaciones. “El pensamiento paralelo” es una de sus obras maestras. En ella nos orienta en la utilización voluntaria de nuestro pensamiento hacia una meta. Nos pone en marcha para pensar en aquello que queremos de muchas formas, de formas alternativas.

Cuando no vemos la luz, una camino desconocido hacia el mismo objetivo puede ser un buen camino. Y no perdemos nada al recorrerlo.

Gracias de Bono