¡Suerte hijo!

Y volvía a nevar. Aquel árbol estaba cansado. Era grande, fuerte, pero los años no habían pasado en balde. Soportarse a sí mismo no había sido tarea fácil. Sus fuertes raíces, las que le habían dado todo lo que había necesitado en su vida, empezaban a mermar. La edad. Formaba parte de un bosque nuevo, de árboles bonitos, que habían destacado sobre los anteriores. Más altos. más fuertes, el tiempo diría si más sabios, habían sido el orgullo de los bosques viejos.

Les había preocupado más crecer que fortalecerse, miraban más el paisaje que su interior. Dominaban el aire. Los árboles de los bosques viejos eran más pequeños, pero más frondosos, tenían más ramas. Raro era el árbol nuevo que tuviera más de dos o tres ramas. Éste tenía dos, y una enorme cicatriz donde un día había empezado a crecer la tercera. Que cayó. Ahora veía con tristeza como se resquebrajaba una de las dos que le quedaban. Y se sentía triste. Triste y viejo hasta no poder apartar sus pensamientos de lo inevitable. Era su primera rama. Esa que le hizo ver que no solo era un tallo altivo, sino que era capaz de crear algo con sentido, algo de lo que sentirse orgulloso, lo más suyo que pudiera imaginar, y que ahora parecía decirle adiós.

Recordaba con cariño con cuánto amor había contemplado su brote, con cuánto mimo se había ocupado de que no le faltara de nada, y de que creciera sana, sin estorbos, lozana y fresca hasta que la vida le fuera endureciendo, y la forjase.

Ahora todos esos recuerdos reblandecían su fuerte corazón, y no encontraba futuro distinto de la esperada decadencia, la descomposición, el final. “Viaje terminado” pensaba, “sólo me queda una, allí, arriba, y ésta siempre ha sido una rama muy suelta, cualquier día, con cualquier viento, también se va”.

Sabía que los frutos de sus ramas crearían otro bosque más nuevo aún, pero ya no sería el suyo. Sabía que en el nuevo también criarían los pájaros en sus ramas, pero no habría tantas como en su bosque, ni como en el bosque viejo. En aquel si que los pájaros anunciaban las estaciones, y los días. En el suyo no siempre. No estaba seguro de que en el que formaran sus ramas hubiera pájaros.

Estaba en su otoño vital, en un invierno, y nevaba. Pronto las flores del suelo anunciarían la primavera, y también los brotes de las nuevas hojas de la rama alta. Pero para entonces ya tendría otra herida todavía sin cicatrizar. Un proceso que no podía parar y que le producía una tristeza profunda, que no conocía y a la que pensaba no se iba a acostumbrar. Recordaba los troncos arrugados de los árboles viejos, con las raíces sobresaliendo de la tierra. Y sus sombras tristes y frías.

Era la vida que continuaba con su marcha lenta e implacable.

 

Anuncios

Las visitas de Cruz Bien

Era una persona normal, ni alta ni baja, ni gorda ni flaca, ni morena ni rubia. Con unos ojos entre azules, verdes y grises, con ligeras tonalidades marrones. En su cara nada destacaba, no sonreía, pero lo parecía. Vestía con unos pantalones grises de fina loneta, una camisa azul cielo de algodón y una chaqueta azul marino. Siempre, sobre su hombro izquierdo, colgaba un bolso de mano negro. Y, sin estar morena, no era pálida. Una persona normal, que, decidida, subió los seis escalones de piedra de la casa y llamó al timbre.

— ¿Qué tal? Soy Cruz Bien y tengo una cita con usted.

— Perdón, ¿cómo ha dicho?

— Cruz Bien, con “B” de bien.

— No, no, me refiero a lo siguiente.

— Que tengo una cita con usted.

— ¿Conmigo?, no, no sé, me extraña. Es la primera vez que le veo.

— Lo sé, pero usted dijo que le gustaría comprender porqué su vecina tiene ese comportamiento.

— ¿Mi vecina?, ¿cuál? ¿la estirada esa que parece que desayuna una escoba?

— Seguro, si usted lo dice.

— Es que me saca de quicio. Antes de que viniera vivía tan tranquila, y desde que llegó, ésto es un sin vivir.

— ¿Le molesta?

— ¿Molestarme? ¡Si ni siquiera me habla! No he visto una cosa más seca en mi vida.

— Y, ¿usted le ha hablado?

— ¿Yo?, ¿a esa tía?, si no quiere hablar conmigo que no hable, a mí me importa un bledo.

— Pero, entonces ¿porqué le molesta?

— Es que… parece mentira ¿Usted cree que nos cruzamos todos los días, cuando viene al mediodía, y ni me mira?. Y ya hace dos años que vive al lado y no hemos cruzado una palabra. Se baja de su cochazo y sube las escaleras como si todo el mundo le estuviéramos mirando. ¿Qué se habrá creído? ¡Como si a mí me importaran mucho los coches!

— ¿Entonces?

— ¿Entonces, dice?, mire, yo llevo aquí, viendo sola, cuidando de mi madre, veinte años, Y hace tres que murió, que en gloria esté. En todo ese tiempo he tenido tres familias de vecinos, y con todos ellos me he llevado estupéndamente; bueno, con Luis, el marido de Feli, tuve mis más y mis menos; no había forma humana de que lavara el coche sin salpicar mis rosales, y ya sabe usted que los rosales son muy delicados. ¿Y ahora viene ésta a perdonarme la vida?, ya, hasta aquí podíamos llegar.

—Y, ¿usted se ha puesto en su lugar?

— ¿Qué quiere decir?

— Que si ha pensado qué estará pensando su vecina sobre usted.

— ¿De mí?, que piense lo que quiera, bastante me importa.

— Pero, si quiere tener buena relación con ella deberá intentar acercarse a ella, conocerla; de hecho por eso estoy aquí, por sus deseos de comprenderla.

— Bueno, ¿qué ha dicho que yo quería?, perdone, soy una maleducada, pase, pase, le ofreceré una taza de té, ¿le parece bien, ….?

— Bien, Cruz Bien, bien, gracias.

— ¡Mejor siéntese ahí!, en el porche, ahora las tardes son cálidas y se está muy bien, si no se levanta viento.

— ¡Gracias!

— Pues como le decía, mi madre murió…

 

 

 

 

Labaki

Ayer estuve en Labaki. Lo conocí cuando una primavera mi vecino, Juan Cruz, me pidió que le ayudáramos a llevar las vacas. Algunos vecinos, generalmente los de mayor edad, jubilados ya, mantienen en casa algunas vacas durante todo el invierno, mientras crían, y en primavera las llevan a sus fantásticos prados verdes. Éste era el caso. Mis vecinos eran una pareja mayor, sin hijos, que mantenían las costumbres del lugar de autoabastecerse de todo lo que su salud de septuagenarios les permitía.

Vivían en Sibilenea, el nombre de su casa, y tenían ocho o diez cabezas de vacuno de las que obtenían dos o tres terneros cada invierno. Además criaban a las cerdas mas limpias que se han conocido en la región. En su cuadra, compartida por las vacas y los cerdos, no olía mal. Con hojas de roble como cama, olía a paja fresca, a madera, a helechos y ramas tiernas de fresno. Las cerdas estaban acostumbradas a salir de casa dos veces al día para sus necesidades, y obedientemente seguían a su dueño hasta un yerbín frente a su casa. Allí Juan Cruz recogía con una pala pequeña y un cubo lo que dejaban y tras un rato de mordisquear la hierba fresca y hablar entre ellas, volvían a la cuadra.

Cuando la primavera se asentaba había que sacar el ganado mayor de casa y llevarlo a la borda. Esto no era tarea fácil, pues la vacas, encerradas un largo invierno en una cuadra, en cuanto veían el sol saltaban y pegaban coces a los cuatro costados. Por eso nos avisaba, para que le ayudáramos a controlar el ganado.

Abría las puertas de la cuadra de par en par e iba soltando las vacas de sus pesebres. Para entonces ya estábamos dispuestos, alrededor de la entrada de su casa, en semicírculo, su mujer, la mía, mis hijos, de cinco y diez años, y yo. Todos armados de buenos palos y con precisas instrucciones de pegar bien fuerte en el suelo y chillar si se acercaba una vaca. Lo cierto es que daban miedo. Salían como ciegas y locas pegando botes hacia cualquier lado. Poco a poco se iban calmando y entonces, ayudados por sus perros Ron y Txuri, las dirigíamos por una senda hacia su borda. Ese camino era, y es, precioso. No más ancho de un metro y flanqueado de brezos, enebros y ametsas,  el camino discurría sorprendiéndonos  con fantásticos acebos a los dos lados. Majestuosos, orgullosos, salpicados de rojo brillante, hacían del recorrido una postal inolvidable.

Ron tenían malas pulgas. Era un perro grande, castaño oscuro, de mucho pelo largo, que vivía en una caseta en la esquina de la fachada de la casa. No te hacía nada si no le hacías nada. Pero no intentaras jugar con su comida o con su sitio que enseguida te dejaba claro que no le gustaba. Nada de caricias. Txuri, sin embargo, era un pastor vasco blanco que había que quitárselo de encima de lo mimoso y juguetón que era. Ron se colocaba, sin decirle nada nadie, detrás de la última vaca, delante mía. Iba todo el camino oscilando entre la derecha y la izquierda, mirando si alguna vaca se salía del camino. Vigilaba si alguna hacía mención de entrar en el bosque, de arrimarse a morder alguna rama de algún arbusto, de pararse. Si alguna lo hacía, con un gruñido, con un amago de ladrido, la ponía en su sitio. Mientras tanto Txuri correteaba, divertido, de la primera vaca hasta la última, para disfrute de mis hijos.

En el camino, pasábamos por delante de Labaki. Es una prado rectangular con la entrada en la esquina inferior derecha. Un portillo de estacas de castaño viejo bien armado impide que el ganado salga de él. Uno de sus lados está cerrado por un muro de piedras planas, el otro lado largo es un ribazo en cuesta de grandes robles. Un pasto verde y fresco cubre el terreno que sube despacio hacia una loma desde la que es imposible no mirar en paz. Desde allí envidias al ganado que pasta tranquilo.

Ayer estuve allí. Recordé los paseos con las vacas de mi vecino y las caras de satisfacción y regocijo de mis hijos. Vi pasar mis últimos quince o veinte años por encima de su hierba, y me sentí bien. Lejos de todo el tumulto en el que vivimos, libre de toda atadura social, ajeno a cualquier juicio, Labaki, sus vacas, sus potros, que me seguían por si les daba algo, seguía siendo un remanso de una vida preciosa que no nos atrevemos a valorar, por si nos descontectamos.

Serafín y la Seguridad Social

El chaval protestaba. Era buen comedor, y siempre había cogido esta primera toma de la mañana con muchas ganas. También tenía un buen dormir por eso les permitía un buen descanso nocturno. Aquella mañana nada era igual. El ambiente pesado anunciaba tormenta, y eso que había estado lloviendo toda la noche.

Serafín no podía desayunar, no le entraba. Miraba como su hijo menor se lanzaba al pezón, lo cogía con ganas pero enseguida lo soltaba protestando, quejándose de algo que sus padres no alcanzaban a entender. Igual que él con su café. Esta mañana no le entraba.

Con una paciencia que ni las propias madres saben de donde la sacan con sus hijos, su mujer tranquilizaba al niño para que siguiera con la toma. Serafín se despidió de ella con un tierno beso  en la mejilla mientras acariciaba la carita del bebé.

—¡Suerte cariño!—dijo ella sonriendo —, verás como todo sale bien.

—Más nos vale. Espero que así sea, sólo necesitamos un poco de ayuda—, contestó mientras salía de la habitación.

—Venga, ánimo, que no se comen a nadie—, le oyó decir al salir de casa.

Llevaban seis años casados y en ellos, además de las alegrías de sus dos hijos, habían visto caer las ventas de su pequeña cafetería de barrio hasta niveles que él nunca había conocido.

Añadía ahora a la situación el contrato de media jornada que había tenido que hacer para sustituir a su mujer en la cocina de la cafetería. Suponía mucho más gasto al mes del que tenía cuando estaba ella.

Nunca había impagado nada; siempre había cumplido con sus acreedores, con su hipoteca, con sus trabajadores. Ésta era la primera vez, en sus diez años de negocio, que se enfrentaba a una situación así. En los últimos diez meses había devuelto algunos recibos de la seguridad social. No había podido reunir, día a día, lo suficiente para pagar los seguros sociales a final de mes.

Seguro que podrían comprenderle, que en unas semanas más su mujer volvería al trabajo y la cafetería viviría de nuevo la normalidad reducida de los últimos tiempos.

Las reclamaciones de pago, los recargos, las providencias de apremio le habían asustado y había concertado una cita con el Jefe de la Unidad de Recaudación Ejecutiva de la Seguridad Social de su zona.

Le reclamaban ocho mil y pico euros, y pensaba que podría pedir un aplazamiento a dos años y que en veinticuatro meses, con un poco de esfuerzo y la vuelta de ella, lo podía solucionar.

Conduciendo su pequeño utilitario, de segunda mano, repasaba los motivos por los que él creía que se había llegado a esta situación. Tenía fe en las personas, como le habían enseñado sus padres, y confiaba en que explicando las causas, sus causas, y cómo veía el futuro de su negocio, no tendría ningún tipo de problemas.

Cruzó las frías y pesadas puertas de las dependencias de la URE y se dirigió a la primera persona que, tras una mesa vacía, le miró al entrar.

—Buenos días, tengo una cita con el recaudador.

—¿Con el jefe de la URE?

—Sí, perdón.

—Al final del pasillo encontrará una persona que le indicará donde es.

—Gracias.

Su pulso se aceleró. “No es el recaudador, Serafín, no es el recaudador” se dijo molesto por la impresión que pudiera causar con su torpeza. Empezó a sentirse un poco nervioso.

Dobló la esquina al final del pasillo y vio cómo éste se abría formando una gran sala, en la que cinco o seis mesas formaban un paso entre ellas hasta un despacho, de mamparas de color madera, en el que en la puerta, cerrada, podía leerse: “ JEFE DE UNIDAD”

Se presentó a la funcionaria de la primera mesa que se le cruzó en el camino. Al preguntar por su cita ésta le indicó que estaba reunido, que tenía otra visita y que tenía que esperar.

Volvió hasta la mitad del pasillo y se sentó en una de las dos butacas tan verdes como frías que encontró en el centro mismo del larguísimo pasillo.

Suspiró y miró a su alrededor. A un metro escaso delante suya tres metros de altura de gotelé crema. Tristes fluorescentes en el techo pintaban la atmósfera de hospital antiguo. A dos metros de las butacas, por la izquierda, el de señoras; y a otros dos por la derecha, el de caballeros. Volvió a suspirar, otra vez sin saber por qué.

Pasados más de diez minutos se levantó de su asiento, no sin esfuerzo, y se dirigió nuevamente la primera mesa de la sala.

—Todavía no ha terminado. Cuando acabe podrá pasar.

Evidentemente, pensó Serafín chasqueando la lengua contra sus dientes. Había quedado con él a las nueve de la mañana, pensando que le daría tiempo para volver a los almuerzos de las diez y media. Para ello había pedido a su camarero que fuera antes para cubrirle, pero si este retraso iba a más y se le echaban encima los de las oficinas lo iba a pasar muy mal él solo en la cafetería atendiendo la barra y la cocina.

Salió a la calle. Intentó pasear por la acera del vetusto edificio. Ahora sus razonamientos, la exposición que había ido preparando para justificarse, se le presentaban desordenados, incoherentes y sin hilo conductor.

Deseaba acabar cuanto antes con este trámite, olvidarlo y volver a sus obligaciones diarias.

Sin mirar el reloj, y sin pensar en cuánto tiempo había transcurrido volvió a entrar. Se dirigió con paso firme hacia la sala y cuando abría la boca para preguntar a la funcionaria cuánto tiempo más tendría que esperar, se abrió la puerta del despacho y, rojo de ira, salió un hombre mayor, cercano a la jubilación pensó, que sin mirar atrás cerró la puerta de un sonoro portazo.

Mientras miraba al hombre avanzar cabizbajo por la sala oyó la voz de la funcionaria que le decía: —Puede pasar.

Miró a la funcionaria, miró al hombre que acababa de salir, y que cruzaba por su lado sin levantar la mirada del suelo y miró la puerta del despacho. Cerrada, con el letrero en el centro, respiró y fue hacia ella.

— ¿Se puede?— dijo mientras entreabría la puerta con suavidad.

— Pase— sonó una voz con tono aburrido desde dentro.

— Buenos días. Soy Serafín Martínez. Habíamos quedado a las nueve por lo de las cuotas pendientes…..

— ¡Siéntese!— Le interrumpió la voz esta vez autoritaria.

Serafín se sentó y comenzó a hablar al mismo tiempo. Estaba convencido que en cuanto oyera sus explicaciones todo se arreglaría con naturalidad y saldría de allí aliviado y regularizado.

Sin pensar en lo que decía estaba relatando cómo las bajadas de ventas le habían hecho incumplir los primeros recibos y cómo los últimos se habían debido a la baja de su mujer por el embarazo de riesgo que habían ………

— ¡Pero bueno!, usted quiere pagar ¿no?— le interrumpió de  nuevo sin mirarle.

— ¡Sí, claro! Por supuesto, para eso estoy aquí, el caso es que si usted…..

—Pues pague— volvió a interrumpirle sin dejar de mirar la pantalla de su ordenador.

— ¿Cómo?— dijo un sorprendido Serafín que empezaba a caer en cuenta de la realidad que estaba viviendo.

—Que pague— repitió mientras se giraba hacia él y comenzaba a mirarle de abajo hacia arriba.—Ya le hemos comunicado en varias ocasiones cuál es el montante de su deuda. Sabe cuánto debe. Pague.

—El caso es que estoy aquí porque no tengo el dinero de la deuda—Serafín empezaba a no saber de dónde salían sus palabras—Creí que usted podría facilitarme…..

—Mire usted, nosotros tenemos la obligación de cobrarle, de hacer que usted pague su deuda y para ello hemos de aplicar el procedimiento de recaudación establecido hasta las últimas consecuencias.

— ¿Últimas consecuencias?— la voz de Serafín era ahora entrecortada—¿Qué quiere decir con eso?

— Que usted tiene una deuda con la Seguridad Social y ésta le va a cobrar.

— Pero ya le digo que ahora no tengo el dinero suficiente, que si me da un poco de tiempo….

— ¿Debe usted a sus proveedores?

— No

— ¿Debe usted a sus empleados?

— No

— ¿Lleva al día su hipoteca?

— No, sí, perdón, digo sí, la llevo al día— Serafín estaba asustado y no sabía lo que decía.

— Claro, a ellos no les debe porque pueden perjudicarle cortando los suministros, el trabajo o quitándole su piso. Pero a la Seguridad Social sí. ¡Qué bonito! Y usted se creerá un empresario modelo, ¿no?

— Oiga, que es la primera vez que me pasa esto. Que yo quiero pagar, que solo le estoy pidiendo…..

— Ya, ya, ya—volvió a interrumpirle—sí que lo cree, y cree que la Administración debe aguantar lo que no aguantarían otros. Usted tiene un negocio y si ese negocio no puede cumplir con sus obligaciones debe cerrarlo, o se lo cerraremos nosotros. Ustedes siempre están con lo mismo, que si cumplen con todo, que si van a ir mejor, que es un problema puntual de liquidez. Pero la Tesorería no va a esperar, se va a proceder reglamentariamente contra usted; si no paga.

— Y ¿tendría que pagar todo de golpe? Si le doy una cantidad a cuenta ¿no podría darme algún tiempo para el resto?—dijo un sudoroso Serafín pensando en los ahorros que tenía su mujer en una libreta, a nombre del nuevo hijo, para ponerle una habitación.

— El cincuenta por ciento.

— ¿El cincuenta por ciento?, no sé si voy a poder……

— Usted verá—Ya le he dicho como procedemos. Usted es un deudor y debe pagar.

Serafín se había ido encogiendo en su silla y no le salían las palabras. Todas las que oía caían sobre él como martillazos.

— Y…¿cuánto tiempo tengo?

— Hoy es martes. Le espero aquí el jueves a la misma hora.

Se levantó como pudo. Mirando hacia el suelo intentó despedirse, pero solo pudo decir un adiós con media voz, que sonó, sin ser su intención, definitivo.

Cruzó la puerta del despacho sin acordarse de ella y atravesó el largo pasillo sin levantar la mirada del suelo.

Dos personas ocupaban las tristes butacas verdes y cruzaron su mirada con la suya asustadas.

Esta vez la puerta pesaba más que al entrar. Salió a la calle. Llovía. Tenía el coche a dos calles de allí. Llegó empapado. Subió, se pasó la manga de la cazadora por la cara para quitarse el agua de los ojos y encendió el contacto.

En ese momento sonó el aviso de un mensaje de WhatsApp. En un acto reflejo lo miró y vio que era de su mujer.

— ¿Qué tal cariño, todo bien? ¿Te acuerdas que a las doce vienen a medir la habitación? A ver si te puedes escapar. Un beso.