Mamá

Mientras escribo esto cumples ochenta y cinco años, mamá. Y no sé cómo seguir. No se cómo sostener las lágrimas que se me asoman pensando en ti. No quiero decirte noñerías cariñosas ni tópicos fáciles. Sabes que muchas veces he sido crítico contigo y que lo seguiré siendo, quiera Dios que por muchos años. Pero solo me puedo arrepentir de las formas. Quizás prepotentes, quizás arrogantes. El tiempo, ese certero consejero, me ha hecho ver que en todo has tenido razón. Las cosas no son como las vemos. Tienen muchos lados y desde la azotea de la edad se ven diferentes.

Todo lo que soy te lo debo a ti, y al imborrable papá. Tú me enseñaste que la convivencia es algo difícil, pero que es el camino. Tú me enseñaste que la humildad es la virtud, y lo de la paja en el ojo de no sé quién. Tú me diste todo el cariño que reprimo y que a veces me explota. Tú me enseñaste que esta vida es un valle de lágrimas y lucho por no aceptarlo, aunque cada día lloro más.

Tú me enseñaste que dos no riñen si uno no quiere, y el auténtico valor de la familia, el respeto mutuo y el cariño. Me enseñaste lo importante que es perdonar.

Tú me enseñaste la medida de las cosas y la crítica propia; y el valor del ejemplo y del esfuerzo, aunque cuando joven no te hiciera caso. Todo mamá, todo me lo enseñaste tú.

Y hoy te quiero felicitar aunque no estaré contigo, con el corazón partido, por tu vida, por tu familia, por tu ejemplo.

¡Felicidades mamá! Te quiero mucho.

SUEKEA

Era viernes y estábamos, mi mujer y yo, en Bilbao. Y estaba inquieto. Yo tenía, al día siguiente, un examen final de una de las asignaturas de un postgrado que decidí hacer hace ya unos años. Había una amenaza, más que probable, de que pasara una encantadora tarde conduciendo una carro en SUEKEA. Solo de pensarlo me daban escalofríos. Y no veía forma de zafarme de la situación. El tiempo decidiría y opté por el silencio sobre el tema y dejarme llevar.

Del examen, al día siguiente, salí contento; de la comida también, como siempre en Bilbao. Pero la inquietud continuaba cuando fuimos a descansar un rato al hotel. Todo se confirmó tras una breve siesta.

– ¡Cariño!, ¿quieres que vayamos un rato a ver si encontramos algo para la casa del pueblo?.

– Si tú quieres.

– ¡Venga!, cuanto antes vayamos antes volvemos.

Primer encuentro feliz, el aparcamiento. Todo el parking a reventar. Todos los pasillos de colorines y con letritas orientadoras, estaban hasta arriba, y con miles de coches al acecho para ver si alguien salía. Las escenas que se se veían eran lamentables. Paramos al lado de un tipo que se pegaba con mil cajas que no le cabían en el maletero. Él intentaba cerrarlo pero había puesto una muy grande en el fondo, y el cristal del portón le daba al bajar. El creía que la culpa era de las cajas pequeñas que ponía donde se cierra y no hacía mas que cambiarlas de sitio. Agotados de verle cambiar las cajas de sit¡o y de colocación, fuimos a decirle, desde el coche, que la que pegaba era la grande. Pero al llegar detrás de él, tras bajar el cristal de la ventanilla y oír como gruñía (hasta su mujer, aún estando satisfecha del montón de cosas que había comprado, se apartaba), subimos el cristal y nos fuimos a esperar a otro sitio. ¡No tuvimos narices de decirle nada! ¡Bastante tenía el hombre con las cajas!.

En nuestra siguiente espera, el abuelo de la familia se esmeraba en colocar, en el asiento trasero de un utilitario, el cabezal de la cama de Hulk. – ¡Así no, sin empujar, más vale maña que fuerza!-, parecía decir a sus mujeres cuando éstas intentaban ayudarle empujando el cabezal con las caderas. Vuelta a dar otra vuelta, porque aquello era imposible. Los ánimos se calentaban y solo faltaba un gilipoyas como yo en un coche enorme que les tocara la bocina suavemente y les sonriera…..

– ¿Salen ustedes?.

– ¡NO! ¡AQUI NO SALE NADA! ¡SOLO TIENE QUE ENTRAR!

Bueno, bueno, bueno, a otro sitio. Todos estaban ¡gual, las mujeres comentando con sus madres las fenomenales compras que habían hecho y los carros moviéndose solos; porque no se veía a los sufridos maridos empujándolos, tapados hasta un metro por encima de sus cabezas. En ese momento me asaltaban los primeros temblores.

Era sábado por la tarde. Todas las abuelas de Bilbao, con sus nietos, con sus hijas, con sus nueras, estaban allí. Era imposible circular. Claro, yo iba con el carro, ella (mi mujer) se metía entre las estanterías y buscaba, rebuscaba, se mosqueaba – ¡podían señalar bien los productos!, (pensaba y decía). Yo procuraba seguir su pista por encima de las cabezas de abuelas, nietos, hijas y nueras. ¡Albricias!, ¡Churry ha encontrado algo!. Y comenzó el drama.

Yo estaba en el pasillo por donde debían ir los carros y como le veía que había cogido algo, intentaba dar la vuelta con el “carrito” (más grande que la madre que lo parió) y volver a donde se ha había ido ella para que cuando quisiera dejarlo en el carro lo tuviera a mano, porque si no era así: “¡pues no se para que llevas el carro” (no se si lo pensaba pero lo decía). Pero el puñetero pasillo de Suekea es como de una dirección, todos los bobos vamos en el mismo sentido. Y cuando yo daba presto la vuelta para aliviar a mi chavala de la pesada carga de una cortina, de un cojín, o una tontería JEKEN, me iba partiendo la cara con todo dios, que me miraba diciendo: “a donde leches ira este gordo en dirección contraria”. Todo esto sin perder de vista el pelo rubio de churry, que se movía entre las estanterías buscándome, pero como no me veía, porque no llegaba, iba de subpasillo en subpasillo “calentándose” cada vez más.

Y yo, mientras tanto, pidiendo perdón a todos los petardos finsemaneros, y a sus familias, todas llenas de Jonathans, de Jeníferes, de Aritzes, y de Bakartxos que pululaban tran-qui-la-men-te empujando sus carros con sus pantalones piratas, mascando chicles y sintiéndose felices porque estaban disfrutando de un finde de puta madre, en Suekea. ¡PAIS! Cuando llegé al subpasillo donde ví por última vez “su resplandor”, ella había corrido hasta la otra punta pensando que me había adelantado (“como nunca me esperas”) ¡MECAGÚEN TODO LO QUE SE MENEA!. Ahora a remontar, como Fernando Alonso con la camioneta. Vuelta a correr por el pasillo adelantando a todos los que miraban raro cuando iba en dirección contraria. Ya me daba igual, casi, si pillaba a alguien, iba a disfrutar. Si una abuela se asustaba, me daba igual, si a Jénifer se le caían los ganchitos, que se fastidie, si Jonathan dice: “mira papá el tío de antes”, que se fastidie. A esas alturas ya había asumido mi función y sabía que me iba gustar el copón la tontería FLUNJEN que churry pusiera en el carro.

¡A que me comprendéis!

Emprendimiento (1)

Hola, soy un posible emprendedor.

Me dirijo a vosotros un poco confundido por lo que oigo y lo que leo en relación al empeño que está poniendo todo el mundo en que nos decidamos a dar el paso adelante.

Oigo, de todas las administraciones autonómicas, también de la central, y de todos los partidos políticos, que somos una de sus prioridades, junto con la creación de empleo, en la salida de la crisis. Oigo debates sobre las medidas que se van a adoptar. Algunas ya se han adoptado, en parte, y solo les falta algún trámite parlamentario.

Me parece muy bien que se pague a hacienda el iva que se cobra, y que el que no se puede cobrar del cliente no se ingrese hasta su cobro.

Agradezco que me reduzcan la cuota de autónomo a cincuenta euros durante los seis primeros meses, incluso que me hagan algún descuento de las cuotas de los siguientes seis o doce meses.

Claro que me gusta oir que voy a tener acceso a créditos, y cuando oigo las cifras que desde la Unión Europea se destinan a esto me mareo. Pero luego no sé a dónde van a parar.

Me da tranquilidad que mi responsabilidad en el negocio quede limitada y se preserven trescientos mil euros para mi vida familiar, pase lo que pase.

Decepción

Pero todo esto lo oigo. Cuando me pongo a leer me entran las dudas. En lo de los autónomos no, eso parece que es así..

Leo que voy a tener acceso a financiación especial a través de valores y derechos negociados en el Mercado Alternativo Bursátil, o en otro sistema multilateral de negociación que se concrete mediante real decreto. No os voy a engañar, no entiendo nada de eso.

Me extraño al leer medidas  de beneficios fiscales para el caso de que no llegue a los trescientos mil euros de beneficio el primer año y otras por si me paso. ¡Ya me gustaría!

No he leído algunas cosas que había oído. Como lo de la limitación de la responsabilidad. Tampoco aquello que oí sobre que se concedería la residencia a los extranjeros que invirtieran un millón de euros (la verdad, se me hacía un poco raro este emprendimiento)

Tampoco lo de que se pudiera constituir una sociedad sin tanto trámite, aunque no creo que la diferencia que se establecía para la constitución con o sin escritura, con su consiguiente rebaja de gasto, fuera suficiente para animar a cualquiera a dar el paso adelante.

Por cierto, no leo nada del iva. Parece que todavía se tienen que reunir los expertos para decidir la modificación fiscal.

A lo mejor es que no han tenido sitio en la Ley para poner todo lo que han dicho, porque lo que les ha ocupado la exposición de motivos,  y las medidas en el sector ferroviario y en el de hidrocarburos, en total diecisiete páginas de las cincuenta y seis del texto, han hecho que tengan que apretar una modificación de la base imponible de las apuestas sobre acontecimientos deportivos o de competición y del bingo en las Ciudades con Estatuto de Autonomía de Ceuta y Melilla, en una disposición adicional.

Todo sea por el emprendimiento.

Maleducados

No lo podemos aguantar. En cuanto tenemos ocasión de hablar de nosotros mismos nos lanzamos. Sea de lo que sea, estemos hablando del tema que estemos hablando, en cuanto vemos un hueco para largar nuestros recuerdos, nuestras experiencias…. allá vamos. Es superior a nuestras fuerzas. Colocamos nuestro ejemplo, nos quedamos anchos, y ya está. Ni que decir tiene que no viene a cuento casi nunca, pero da igual. A veces, en el pecado llevamos la penitencia, porque inmediatamente nos damos cuanta de que hemos cortado el rollo al interlocutor. Bueno, con una sonrisa amable todo arreglado.

Una variedad de esta falta de educación, o de este defecto humano, lo cometemos los padres. Todos los que somos padres sabemos que no hay nada en este mundo que nos importe mas que nuestros hijos. Y ahí caemos con todas las consecuencias. Si nos gusta mucho hablar de nosotros, eso no es nada con lo que nos gusta hablar de nuestros hijos. De sus virtudes, de sus capacidades, de sus logros, de sus nada. Estamos hablando de nosotros.   Sin darnos cuenta el discurso es el mismo. Al contar las grandezas o bajezas de nuestros hijos estamos desnudando nuestro ser, nuestra voluntad, nuestros orgullos o insatisfacciones. En nuestro subconsciente, o a veces inconsciente, nos proyectamos en ellos e identificamos sus conductas en comparación a las nuestras a sus años. ¡Qué tontería! Orgullosos de cambiar los tiempos esperamos que nuestros hijos hagan las cosas como las hicimos nosotros. ¿Qué pasa, que no lo hemos conseguido? o ¿es que nos hemos equivocado?

Estamos hablando de nosotros, pero con absoluta impunidad, tras ellos, escondidos en nuestras mejores máscaras. La cosa es hablar de nosotros.

Seamos serios, cuando alguien nos cuenta algo no lo hace preguntándonos por nosotros, sino por alivio personal, por consultar nuestra opinión, porque necesita soltarlo. No le ayudamos contándole que nosotros tal y cual, o esto y aquello. Le debemos escuchar atentamente, ponernos en su lugar e intentar comprenderle. Podemos utilizar nuestras experiencias para ello, pero no soltarlas. Si todo lo que hemos vivido a penas nos sirve a nosotros para qué lo vamos a contar.

 

Esto no se o no quiero saber que es

Todas las noticias son malas. Solo algunas deportivas nos hacen amagar una sonrisa y cada vez  les reconocemos menos importancia. Da la sensación de que durante la última década, o más, nos hemos estado llevando lo que no nos correspondía. De que hemos especulado con nuestro trabajo.

Nos ganamos a pulso la oportunidad de trabajar o de crear nuestra empresa. Nos esforzamos por crecer profesionalmente y personalmente. Hemos aprendido mucho de nuestras profesiones a lo largo de estos años, mucho que no nos habían enseñado, mucho que nos ha costado mucho tiempo que no hemos dedicado a nuestras familias o amigos, o a nosotros mismos. Hemos pagado muchos impuestos durante estos años.

Como en todas las organizaciones, cuando falla la tesorería hay que buscar las causas para poner remedio rápido. Y como en todas las organizaciones, lamentablemente, los responsables de ellas empiezan a buscar las causas en los demás. Tanto en la familia, como en las empresas, como en el estado. Cuando falta el dinero se cuestiona el uso dado al ganado hasta el momento. Y aquí es muy fácil decir que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. ¡Claro! si hoy no tenemos dinero es que hemos gastado mas de la cuenta. ¿De qué cuenta? ¿de la que preveía que con los impuestos que pagaba no era suficiente?, ¿de la que preveía que se le iba a acabar el trabajo en diez o quince años?.

¿Se deja en las empresas la responsabilidad de hacer las previsiones a los operarios de producción? ¿Son responsables del error en las previsiones los operarios de las organizaciones, o los que las dirigen? ¿Llevan los niños a la ruina a las familias?

Estoy seguro de que saldremos de ésta, pero no quiero que salgamos y que quede la cosa como si nada. Algo tiene que cambiar. Las familias arruinadas cambian a la fuerza, algunas se destruyen, otras tienen que cambiar su forma de vida, y siempre está claro quienes son los responsables. Las empresas arruinadas también cambian. Unas se deshacen y se llevan familias consigo. Otras sufren largos procesos judiciales llevándose familias consigo y también siempre está claro quienes son los responsables, o al menos eso dispone la ley. ¿Y cuando se arruina el estado? ¿Quiénes son los responsables?, ¿los hijos, los operarios o los ciudadanos?

En el negocio del ladrillo, que tanto están sufriendo las familias, y a las que tanto se les está apretando, involucradas o no, los beneficiarios de las ayudas han sido los que tenían los medios para prever los movimientos del mercado. ¡No se le puede exigir a un hijo que piense cuanto le tiene que durar la paga, ni si es excesiva! Tampoco se le puede responsabilizar a un trabajador de que su salario sea excesivo, para eso se han pactado los convenios entre los responsables de las organizaciones empresariales y los sindicatos, con el beneplácito del gobierno. Sin embargo los paganos del desastre son los menos responsables de él.

Como en las familias si los padres gastan demasiado los hijos sufren. Como en las empresas si los responsables gastan demasiado la empresa se resquebraja y tiembla. Pero en ambos casos  los cambios se ven normales y necesarios.

¿Y en el tercer caso? ¿No será que la organización es la responsable y sus responsables deben cambiar?