Recuerdos

Ayer me acordé de mi abuelo. Estaba yo sentado en una piedra intentando afilar la guadaña. Era la primera vez que lo hacía, porque aunque hace varios años que la tengo no había sentido la necesidad. No sabía como cogerla. Si la apoyaba en mis rodillas no podía deslizar la piedra con soltura por ninguno de los lados. Si apoyaba la hoja en el suelo tampoco, y además mi mano tapaba el recorrido de la piedra con lo que podía cortarme. Entonces me vino a la cabeza el recuerdo de mi abuelo Esteban, sentado en la piedra de la fachada de su casa, afilando la guadaña, y diciéndome que no me acercara mucho, que eso era peligroso. Pero ¿cómo la sujetaba? no lo recordaba. Veía como sacaba la piedra de una funda metálica redondeada en la que cabía la piedra entera y que tenía agua en su interior. Yo entonces no sabía porqué tenía que tener agua. Le veía sonreirme al tiempo que con sus ojos me mantenía apartado de su labor, cuidando que no me acercara demasiado. Su brazo se movía por la larga hoja de hierro chirriando. Y la sujetaba……., no me acuerdo. Entonces empecé a darle vueltas buscando que me pareciera que así era como la cogía mi abuelo. Ya había visto que con la hoja para abajo no, tampoco con el mango apoyado en las rodillas. Quizás si que fuera en las rodillas pero en el otro sentido, de derecha a izquierda. No, tampoco, casi peor. En uno de los cambios pasé la hoja por delante de mis ojos apoyando el mango entre mis pies. Así la guadaña se mostraba completa delante mía y sujetándola con la mano izquierda en el nacimiento de la hoja, en su parte mas ancha, ésta se ofrecía para el afilado. Así era. Entonces ví a aquel hombre sencillo, de pocas palabras, de sonrisa pequeña, pero permanente, sentado en el banco de piedra, mirarme como si me dijera: – Así se hace Carlos, ahora despacio y de la base a la punta, y mójala de vez en cuando, para que muerda el hierro. Recuerdo que era verano, el atardecer, todavía hacía calor pero se estaba bien. El sol bajo iluminaba la fachada de la casa y la cara de mi abuelo. Cuando acabó de afilarla la colgó en una viga de madera de la cuadra y subimos a cenar. Lo echo en falta, como echo en falta a mi padre. Son esas personas de las que aprendes sin preguntar. Da igual lo que sea, aprendes de su vida, de sus miradas, de sus pasos, de sus reposos, de sus ausencias. Así, feliz en le recuerdo de mi abuelo, estuve el gran rato dándole con la piedra a mi guadaña, o talla, o dalla, que también le llaman. Y cuando la afilé y la dejé bien limpia, la colgué en la caseta de los aperos y entré en casa a almorzar. Bien contento pensaba “como el abuelo, acabada la faena, afilada, limpia y guardada la herramienta, ahora a comer algo” Me sentí muy bien.