Silencio

Se hizo de repente. Sólo mi corazón y una sensación de ingravidez. Piernas, suelo, cielo y calor. Mucho calor. Adelanté, sin querer, y sin correr a muchos compañeros. Sus caras se me hacían extrañas. Algunos alargaban sus brazos como queriendo cogerme. Otros giraban sus cuerpos separándose de mí. Algunos caían impulsados por una fuerza extraordinaria que yo no veía. Mi cuerpo giraba en el aire y vi gente en los balcones mirándome, con las manos en la boca. Apareció mi madre, “¡Ten mucho cuidado hijo!, ya sabes que me da mucho miedo. Y no se te olvide llamarme después”. Vi a mi amigo saltando antes de la carrera, calentando, como hacíamos siempre. ¿Dónde estaría ahora? Siempre corría a mi lado, juntos. Noté como se rasgaba mi camisa y el contacto de mi cara y pecho con el suelo. Era frío, pero yo solo sentía calor. Un calor intenso y el bombeo imparable de mi corazón. Y mi padre que me decía: “No te olvides de lo que te ha dicho tu madre”. Entonces, repentinamente, subí hacia el cielo y noté la brisa de la mañana. No quería bajar. Mi cuerpo giró y lo vi. Negro, majestuoso, mirándome ahí plantado, esperando que bajara. Por detrás de él llegaban más, que le empujaron. Y por un instante bajó la mirada y pareció olvidarse de mí. Una zancada, dos, otra más, caí en su lomo, se volvió buscándome, y me encontró. Esta vez le oí soplar, y mi corazón. Me estiré en el suelo, pasó por encima, se volvió y giré, o lo intenté, con toda mi fuerza. Me empujó contra el vallado y vi su pitón astillarse contra la tabla. Medio giro más y tiraron de mí. El calor subía ahora del muslo, junto con un dolor intenso, quemaba. Sanitarios me gritaban sin hacerles yo caso. Tengo que llamar a mi madre.

(SSdR-2014)

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La trampa de silencio

Cuando se está convencido de los argumentos propios, cuando éstos se han forjado durante una vida, cuando se vive de ellos, no se quiere, no gusta, someterlos a consideración. No resulta agradable exponerlos para que nuestro interlocutor los cuestione, aunque sólo sea mentalmente. Por el contrario los argumentos ajenos son desechados automáticamente frente a la contrastada fortaleza de los nuestros, frente al fortín que hemos construído con ellos a lo largo de los años.

Si nuestro interlocutor es conocido, asíduo en la relación, conocemos sus planteamientos de antemano, porque lo que tiene una relación es que poco a poco se va produciendo el intercambio, poco a poco se va produciendo el enriquecimiento mútuo producto de esa visión distinta de la realidad. Cierto es que la realidad no es una, mejor dicho, si es una, pero cada uno la ve de una manera distinta. El contraste de visiones enriquece su conocimiento y abre nuestro espectro de referencias cognitivas.

Conocedores de la otra visión, podemos sopesar los argumentos contrarios sin necesidad de diálogo. Los sometemos a nuestro juicio y probamos su fortaleza enfrentándolos, en nuestro terreno, a los puntales de nuestra vida. Pero jugamos en casa, y aquí cualquier idea tiene todas las de perder, y antes de cualquier planteamiento conjunto ya hemos descartado las otras opciones.

Descartados los planteamientos de la otra persona cualquier discusión está fuera de lugar, y si las dos partes son conocedoras de la posición contraria y han procesado la situación de la misma manera, no hay lugar para el diálogo. Las posturas son conocidas y solo cabe la comunicación de cambio de parecer, de renuncia a alguno de los pilares vitales. Y ésto no es posible. Fálsamente pensamos que nuestra integridad quedaría cuestionada por la debilidad mostrada en el reconocimiento de otras estructuras.

Reafirmados en nuestra posición, planteamos, habitualmente sin quererlo, la trampa de silencio. Si quieres acercarte a mí ya sabes por donde tienes que pasar. Si quiero acercarme a ti ya sé por donde tengo que pasar. Es de doble sentido, pero con las mismas consecuencias y con un funcionamiento distinto al conocido en los artilugios reales. Éstas funcionan sin pasar por ellas. Cuando se abre la trampa atrapa a su presa. Solo cerrándola cuanto antes dejará de hacer daño al apresado. Y no es de las de pisar, o de enredarse en una red. Sus cicatrices encallecen el órgano afectado, que sangra mientras está en ella. La trampa se cierra con fuerza en nuestro corazón.