La igualdad y la naturaleza (o el endemoniado castillo del yo)

¿Cómo son las cosas? Las cosas son como son. Pero creemos que son como las vemos. Varias personas ven de forma distinta una misma cosa dependiendo de sus circunstancias. Esto es habitual. Y hablamos solo de ver algo. Si entramos en el terreno de comunicar algo nos podemos perder. Si difícil es ver algo de la misma manera, comunicarlo, contarlo, añade subjetividad y la distorsión está garantizada.

¿Cuantas veces nos hemos visto envueltos en discusiones absurdas motivadas por hablar de lo mismo de diferente forma?, defendiendo además la misma postura. Casi siempre, un tercero, nos hace ver que estamos diciendo lo mismo.

En cambio la naturaleza es sabia. Nunca repite su obra. Bueno, puede ser que cuando dicen que tenemos unos cuantos cromosomas iguales a los de otro, estos si sean iguales de verdad, pero no lo se, ni los veo. De lo que veo nada es igual.

Sin embargo el ser humano se esfuerza en encontrar igualdades. Nos educamos siguiendo ejemplos, aprendemos mirando a otro, y repetimos hasta la saciedad. Y no es malo. Es bueno para el aprendizaje rápido de la supervivencia. Pero siempre mantenemos nuestras diferencias. Éstas nos hacen irrepetibles, distintos a otros, distintos entre nosotros, incluso entre los más cercanos. Y son físicas y psíquicas. Y no nos tienen que molestar. La convivencia es fácil entre iguales, es hasta sosa. Lo difícil es convivir entre distintos. Eso es un arte y si estuviéramos bien educados de verdad, lo disfrutaríamos. Pero no es así. Vemos, pensamos y opinamos desde el inexpugnable castillo de nuestro yo, por nuestro yo y para nuestro yo. Así no se puede.

Ahora, en las empresas, están de moda los acuerdos de ganar-ganar. ¿y porqué no los de ganar-perder, o perder-ganar? ¿Es tan importante ganar siempre? ¿No tenemos ningún margen de maniobra que nos permita perder alguna vez?. Estos acuerdos niegan la solidaridad, la ayuda, el apoyo. Y no son tan necesarios. De hecho cuando alguien nos plantea un acuerdo de éstos, enseguida se  nos levanta un pelo. Y en el terreno de las relaciones personales, con conocidos o desconocidos, da igual, no lo podemos permitir. Hay que salir por encima. Hay una frase famosa que me gusta mucho que dice: “Si no tienes razón no discutas, y si tienes razón ¿para qué vas a discutir?”

Somos pequeños, distintos y nos falta todo que aprender. En esta vida no nos va a dar tiempo para aprender ni una cromosómica parte de lo que hay, de lo que pasa, de lo que somos.

Y no entremos en el terreno del género. Estoy de acuerdo que la ley no debe ser discriminatoria, pero tampoco se pueden establecer todas las igualdades por ley, porque sería desafiar a la naturaleza. Y si nos empeñamos en regularlo caemos en una tarea poco menos que imposible. Nos vamos a hartar de poner petachos.

Podemos hacer lo mismo, podemos pensar igual sobre algo, pero nunca seremos iguales. La diferencia está en la esencia de nuestro ser y nos maldice y glorifica a la vez. Nuestro aprendizaje debe controlar este efecto y es base de nuestro desarrollo, pequeño, claro.

No olvidemos nunca que somos parte de la naturaleza, que somos distintos, que no quiere decir contrarios, y de todo podemos aprender. Y que aprendiendo lo mismo no reducimos nuestras diferencias, las marcamos más. El aprendizaje nos proporciona la capacidad de expresar mejor nuestra individualidad diferente.