Otra generación

Hace tiempo que le dije a un amigo que el facebook, o el tuenti, estaban sustituyendo a lo que para nosotros eran las plazas. Nosotros llegábamos a casa después del colegio, le plantábamos una beso a nuestra madre, le decíamos que “bien” (igual que ahora nos dicen los nuestros pero a otras horas) y salíamos corriendo de casa con la merienda en la mano.

Abajo, en la acera, en la plaza, en el descampado, estaban nuestros amigos. Era el grupo social que nos importaba. Con ellos, en ellos, teníamos que realizar nuestras mas secretas ambiciones. En el grupo se conseguían los reconocimientos, los honores, se recibían las distinciones y se insuflaba el ego necesario para seguir viviendo. Las dosis de autoestima, que entonces no se sabía lo que era, nos hacían dormir a pierna suelta, además del cansancio físico.

Ahora las relaciones son totalmente distintas, aunque creo que se persigue lo mismo. Desde luego el cansancio físico no está presente, salvo por las impuestas actividades extraescolares a las que sometemos a nuestros hijos a edades mucho mas tempranas que las aconsejadas y convenientes.

Nunca se me olvidarán las colecciones de mariposas que formábamos, en tarros de cristal con las tapas agujereadas, paralizándolas con ramas finas de árbol llenas de hojas. Las íbamos clasificando por colores y luego, después de exhibirlas en el grupo o en los grupos con los que compartíamos el campo, las soltábamos con orgullo.

¿Y aquellas cabañas? Aquellas obras de arquitectura infantil que nos daban una intimidad como pocas veces hemos sentido. “Nuestra cabaña”. Nadie nos ve. Vemos a todos los que vienen y estamos a cubierto en nuestro castillo; libres. Esa sensación pocas veces la hemos vuelto a sentir, aunque en realidad la hayamos vivido.

¿Y cuando jugábamos al escondite, o a policías y ladrones? Adrenalina pura. Siempre nos las arreglábamos para correr a escondernos con la chica (o chico) que nos gustaba. Y cómo sentíamos el palpitar de su corazón en el silencio nervioso de la espera, escondidos.

No se si mis hijos han vivido estas sensaciones. Se que yo no viví una comunicación tan intensa, o mejor dicho, tan fluída como ellos tienen ahora. Pero no creo que ellos tengan tanto contacto físico, tanta relación grupal como tuvimos antaño.

¿Qué es mejor? Ni idea. Es lo que hay. Ellos viven una nueva realidad que nosotros no conocimos y a la que nos estamos acostumbrando poco a poco. De hecho sonríen cuando les hablas de blogs y de escritura. Parece que escribir es cosa de viejos. Lo de ellos es comunicarse. Con ese endiablado lenguaje resumido, que me cuesta entender, lleno de abreviaturas, que puede convertirse en la nueva taquigrafía del siglo XXI.

Son los nuevos tiempos, las nuevas formas, las nuevas tecnologías. En nuestro tiempo fué la televisión, que flipaba a nuestros padres y a la que tan rápidamente nos acostumbramos, la que dividió radicalmente las generaciones. Ahora es la informática, el móvil, las redes sociales y el Whatsapp y el Skype.

Confío en que todo esto constituyan nuevas herramientas de desarrollo y comunicación. Y que, en el fondo, sigan valiendo los mismos valores que impulsaron a nuestros padres y que aprendimos de ellos.

A veces no es fácil la tarea. Identificar lo que nos decían nuestros padres en las conductas de nuestros hijos es un ejercicio de abstracción que requiere de mucha paciencia, aguante, contar mil veces hasta mil (mississippi incluido) y pegarse un buen rato en la cama, pensando cómo demonios hacer las cosas.

El caso es que poco a poco la vida va pasando y vas viendo la evolución. El abandono de la música estridente de la adolescencia (aborrescencia para los padres), las canciones románticas que les ponen los jóvenes ojos rojos, el enfrentamiento abierto por sus libertades, y la aparición (muy poco a poco) de gustos compartidos con nosotros (ya metidos en los ventitantos).

A pesar de las nuevas tecnologías, de la desaparición  de nuestros espacios abiertos, todos buscamos los mismo, la relación con nuestros semejantes. Tanto influye en nosotros este instinto, antes y ahora, que nos lleva a enfrentarnos con nuestros círculos familiares. Temporalmente, ojalá, y creando una crispación en la relación paterno-filial muy difícil de llevar. Pero terriblemente común. Eso es lo raro, que siendo tan habitual, se sufra tanto. Sin duda es que la razón choca con el corazón.

Bendita vida que nos hace vivir nuestros errores dos veces.  Benditos errores que nos hacen vivir la vida dos veces.

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