Labaki

Ayer estuve en Labaki. Lo conocí cuando una primavera mi vecino, Juan Cruz, me pidió que le ayudáramos a llevar las vacas. Algunos vecinos, generalmente los de mayor edad, jubilados ya, mantienen en casa algunas vacas durante todo el invierno, mientras crían, y en primavera las llevan a sus fantásticos prados verdes. Éste era el caso. Mis vecinos eran una pareja mayor, sin hijos, que mantenían las costumbres del lugar de autoabastecerse de todo lo que su salud de septuagenarios les permitía.

Vivían en Sibilenea, el nombre de su casa, y tenían ocho o diez cabezas de vacuno de las que obtenían dos o tres terneros cada invierno. Además criaban a las cerdas mas limpias que se han conocido en la región. En su cuadra, compartida por las vacas y los cerdos, no olía mal. Con hojas de roble como cama, olía a paja fresca, a madera, a helechos y ramas tiernas de fresno. Las cerdas estaban acostumbradas a salir de casa dos veces al día para sus necesidades, y obedientemente seguían a su dueño hasta un yerbín frente a su casa. Allí Juan Cruz recogía con una pala pequeña y un cubo lo que dejaban y tras un rato de mordisquear la hierba fresca y hablar entre ellas, volvían a la cuadra.

Cuando la primavera se asentaba había que sacar el ganado mayor de casa y llevarlo a la borda. Esto no era tarea fácil, pues la vacas, encerradas un largo invierno en una cuadra, en cuanto veían el sol saltaban y pegaban coces a los cuatro costados. Por eso nos avisaba, para que le ayudáramos a controlar el ganado.

Abría las puertas de la cuadra de par en par e iba soltando las vacas de sus pesebres. Para entonces ya estábamos dispuestos, alrededor de la entrada de su casa, en semicírculo, su mujer, la mía, mis hijos, de cinco y diez años, y yo. Todos armados de buenos palos y con precisas instrucciones de pegar bien fuerte en el suelo y chillar si se acercaba una vaca. Lo cierto es que daban miedo. Salían como ciegas y locas pegando botes hacia cualquier lado. Poco a poco se iban calmando y entonces, ayudados por sus perros Ron y Txuri, las dirigíamos por una senda hacia su borda. Ese camino era, y es, precioso. No más ancho de un metro y flanqueado de brezos, enebros y ametsas,  el camino discurría sorprendiéndonos  con fantásticos acebos a los dos lados. Majestuosos, orgullosos, salpicados de rojo brillante, hacían del recorrido una postal inolvidable.

Ron tenían malas pulgas. Era un perro grande, castaño oscuro, de mucho pelo largo, que vivía en una caseta en la esquina de la fachada de la casa. No te hacía nada si no le hacías nada. Pero no intentaras jugar con su comida o con su sitio que enseguida te dejaba claro que no le gustaba. Nada de caricias. Txuri, sin embargo, era un pastor vasco blanco que había que quitárselo de encima de lo mimoso y juguetón que era. Ron se colocaba, sin decirle nada nadie, detrás de la última vaca, delante mía. Iba todo el camino oscilando entre la derecha y la izquierda, mirando si alguna vaca se salía del camino. Vigilaba si alguna hacía mención de entrar en el bosque, de arrimarse a morder alguna rama de algún arbusto, de pararse. Si alguna lo hacía, con un gruñido, con un amago de ladrido, la ponía en su sitio. Mientras tanto Txuri correteaba, divertido, de la primera vaca hasta la última, para disfrute de mis hijos.

En el camino, pasábamos por delante de Labaki. Es una prado rectangular con la entrada en la esquina inferior derecha. Un portillo de estacas de castaño viejo bien armado impide que el ganado salga de él. Uno de sus lados está cerrado por un muro de piedras planas, el otro lado largo es un ribazo en cuesta de grandes robles. Un pasto verde y fresco cubre el terreno que sube despacio hacia una loma desde la que es imposible no mirar en paz. Desde allí envidias al ganado que pasta tranquilo.

Ayer estuve allí. Recordé los paseos con las vacas de mi vecino y las caras de satisfacción y regocijo de mis hijos. Vi pasar mis últimos quince o veinte años por encima de su hierba, y me sentí bien. Lejos de todo el tumulto en el que vivimos, libre de toda atadura social, ajeno a cualquier juicio, Labaki, sus vacas, sus potros, que me seguían por si les daba algo, seguía siendo un remanso de una vida preciosa que no nos atrevemos a valorar, por si nos descontectamos.

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Recuerdos

Ayer me acordé de mi abuelo. Estaba yo sentado en una piedra intentando afilar la guadaña. Era la primera vez que lo hacía, porque aunque hace varios años que la tengo no había sentido la necesidad. No sabía como cogerla. Si la apoyaba en mis rodillas no podía deslizar la piedra con soltura por ninguno de los lados. Si apoyaba la hoja en el suelo tampoco, y además mi mano tapaba el recorrido de la piedra con lo que podía cortarme. Entonces me vino a la cabeza el recuerdo de mi abuelo Esteban, sentado en la piedra de la fachada de su casa, afilando la guadaña, y diciéndome que no me acercara mucho, que eso era peligroso. Pero ¿cómo la sujetaba? no lo recordaba. Veía como sacaba la piedra de una funda metálica redondeada en la que cabía la piedra entera y que tenía agua en su interior. Yo entonces no sabía porqué tenía que tener agua. Le veía sonreirme al tiempo que con sus ojos me mantenía apartado de su labor, cuidando que no me acercara demasiado. Su brazo se movía por la larga hoja de hierro chirriando. Y la sujetaba……., no me acuerdo. Entonces empecé a darle vueltas buscando que me pareciera que así era como la cogía mi abuelo. Ya había visto que con la hoja para abajo no, tampoco con el mango apoyado en las rodillas. Quizás si que fuera en las rodillas pero en el otro sentido, de derecha a izquierda. No, tampoco, casi peor. En uno de los cambios pasé la hoja por delante de mis ojos apoyando el mango entre mis pies. Así la guadaña se mostraba completa delante mía y sujetándola con la mano izquierda en el nacimiento de la hoja, en su parte mas ancha, ésta se ofrecía para el afilado. Así era. Entonces ví a aquel hombre sencillo, de pocas palabras, de sonrisa pequeña, pero permanente, sentado en el banco de piedra, mirarme como si me dijera: – Así se hace Carlos, ahora despacio y de la base a la punta, y mójala de vez en cuando, para que muerda el hierro. Recuerdo que era verano, el atardecer, todavía hacía calor pero se estaba bien. El sol bajo iluminaba la fachada de la casa y la cara de mi abuelo. Cuando acabó de afilarla la colgó en una viga de madera de la cuadra y subimos a cenar. Lo echo en falta, como echo en falta a mi padre. Son esas personas de las que aprendes sin preguntar. Da igual lo que sea, aprendes de su vida, de sus miradas, de sus pasos, de sus reposos, de sus ausencias. Así, feliz en le recuerdo de mi abuelo, estuve el gran rato dándole con la piedra a mi guadaña, o talla, o dalla, que también le llaman. Y cuando la afilé y la dejé bien limpia, la colgué en la caseta de los aperos y entré en casa a almorzar. Bien contento pensaba “como el abuelo, acabada la faena, afilada, limpia y guardada la herramienta, ahora a comer algo” Me sentí muy bien.